Cobalto rojo
Argumento
¿Sabes qué hay dentro de la batería de tu teléfono? Probablemente sí, litio, cobalto, níquel, grafito… Lo que quizá no sabes es cuánto sufrimiento puede esconderse detrás de algo tan cotidiano como cargarlo cada noche.
En Cobalto rojo, Siddharth Kara se adentra en la industria del cobalto de la República Democrática del Congo, uno de los territorios fundamentales para la extracción de un mineral imprescindible en las baterías recargables de ion-litio. El autor no se queda en las cifras ni en los informes sobre derechos humanos: viaja hasta las zonas mineras, habla con trabajadores y familias, observa las condiciones en las que se extrae el mineral y sigue su recorrido desde las minas hasta una cadena industrial y tecnológica que termina, muy lejos de allí, en nuestras manos.
El resultado es una investigación que conecta dos realidades que normalmente contemplamos por separado: la vida cotidiana de quienes utilizamos teléfonos, ordenadores, tabletas o vehículos eléctricos y la de quienes extraen, en condiciones de extrema precariedad, uno de los materiales que hace posible esa tecnología, porque el problema no está únicamente en la mina, está en todo lo que ocurre después.
Gooseopinión
A veces llegan a nuestras manos libros que te cuentan algo que no sabías y otras libros que consiguen que, después de saberlo, ya no puedas mirar exactamente igual aquello que tenías delante, imagina a qué categoría puede pertenecer Cobalto Rojo.
Kara parte de una cuestión aparentemente sencilla —de dónde sale el cobalto que necesitan nuestras baterías— para internarse en una realidad muchísimo más compleja, en la que se cruzan pobreza, explotación laboral, trabajo infantil, corrupción, intereses empresariales, desigualdad económica, contaminación y una cadena de suministro tan extensa que resulta tremendamente fácil perder de vista a las personas que están en el principio de todo el proceso. Kara consigue devolverle rostro humano a una materia prima que normalmente solo conocemos como un dato técnico. El cobalto aparece en las especificaciones de nuestros dispositivos, en los informes sobre transición energética y en las conversaciones sobre el futuro del coche eléctrico, pero rara vez pensamos en las personas que tienen que introducirse en una explotación minera para conseguirlo. Mucho menos en lo que sucede cuando esa extracción se realiza en condiciones que pueden poner en peligro su salud, su integridad y su propia vida.
La investigación se lee de manera incómoda porque no permite mantener demasiado tiempo la cómoda distancia entre el problema y nosotros. El teléfono que tenemos en el bolsillo deja de ser simplemente un teléfono; la batería del ordenador deja de ser únicamente una pieza tecnológica; el vehículo eléctrico deja de representar únicamente una alternativa más limpia. No porque Kara pretenda reducir todos estos objetos a su impacto negativo, sino porque obliga a incorporar a la conversación aquello que normalmente queda fuera de plano; qué ocurre antes de que un producto llegue a nuestras manos y quién paga realmente el precio de determinadas formas de consumo y de producción.
El autor se apoya en testimonios directos y en el trabajo de campo para construir una investigación que tiene una dimensión periodística muy evidente, pero que también funciona como un relato humano. Las historias individuales son las que consiguen que las toneladas de mineral, los porcentajes y las cadenas de suministro dejen de ser conceptos abstractos. Detrás de cada cifra hay personas concretas que trabajan, enferman, sobreviven, pierden familiares o intentan encontrar una forma de salir adelante dentro de un sistema en el que las alternativas son, muchas veces, extraordinariamente limitadas, consiguiendo que algunas páginas sean difíciles de leer, y no precisamente porque Kara necesite recurrir al morbo —la realidad que documenta ya es suficientemente brutal—, sino porque mirar de frente determinadas condiciones de trabajo resulta mucho más incómodo que leer una estadística sobre explotación minera en un informe.
Es importante entender qué tipo de libro tenemos entre las manos. Cobalto rojo no pretende ser un tratado académico sobre la minería congoleña ni una explicación técnica sobre el funcionamiento de las baterías. Su fuerza está precisamente en la investigación periodística y en el acceso directo a las personas y lugares que forman parte de esa cadena. Kara quiere llevar al lector hasta el terreno y después acompañarlo por el recorrido que hace el mineral hasta convertirse en parte de productos que consumimos habitualmente. El libro plantea así una pregunta incómoda, aunque probablemente más útil que cualquier respuesta cerrada, ¿qué responsabilidad tenemos como consumidores cuando el sistema que sostiene aquello que necesitamos o deseamos se construye muy lejos de nosotros y sobre unas condiciones que preferimos no mirar? No es una pregunta sencilla, porque tampoco existe una respuesta sencilla. De poco sirve convertir al consumidor individual en el único responsable de una cadena industrial y económica de dimensiones enormes, del mismo modo que tampoco resulta suficiente utilizar la transición energética o el progreso tecnológico como justificación para ignorar las condiciones en las que se obtienen determinadas materias primas.
Precisamente por eso creo que Cobalto rojo funciona mejor cuando se lee como una investigación que abre una grieta que como un libro que pretende cerrarla. Después de leerlo puedes seguir necesitando tu teléfono, tu ordenador o cualquier otro dispositivo electrónico; puedes seguir considerando necesaria la transición hacia otras formas de movilidad; puedes incluso defender el desarrollo tecnológico. Pero resulta bastante más difícil hacerlo sin preguntarte qué hay detrás de aquello que consumes.
Hay algo especialmente perturbador en esa proximidad.
El cobalto no es un objeto lejano que podamos observar desde la comodidad de un documental sobre un lugar remoto. Está dentro de nuestra vida cotidiana. Forma parte de la tecnología con la que trabajamos, nos comunicamos, nos entretenemos y organizamos buena parte de nuestra existencia, esta es la verdadera bofetada de este libro el Congo no está tan lejos como parece cuando una parte de su realidad llega hasta nosotros convertida en la batería que llevamos en el bolsillo.
Recomendado para...
Lectores que quieran entender qué hay detrás de la tecnología que utilizan diariamente, pero también para lectores interesados en periodismo de investigación, derechos humanos, explotación laboral, transición energética y las consecuencias reales de las cadenas de producción globalizadas.
Es especialmente interesante leerlo junto a libros que aborden la cara menos visible de la globalización y del consumo tecnológico, porque permite ampliar la mirada desde un mineral concreto hacia un problema mucho mayor como es la enorme distancia que existe entre el lugar donde se producen determinadas materias primas y el lugar donde finalmente disfrutamos de sus productos.
Si después de Cobalto rojo quieres seguir profundizando en las relaciones entre tecnología, recursos naturales, poder económico y desigualdad, merece la pena continuar investigando por esa línea. Porque este libro habla del cobalto, pero la pregunta que deja abierta es muchísimo más grande.
El veredicto de Halford
Halford ha mirado el móvil. Ha mirado el libro. Ha vuelto a mirar el móvil. Y ahora está ligeramente preocupado. No porque vaya a tirar el teléfono por la ventana —Halford no desperdicia tecnología que le permita cotillear—, sino porque acaba de descubrir que eso que nosotros llamamos batería tiene detrás una historia bastante menos inocente de lo que parecía.
Su veredicto ha sido bastante sencillo: lee el libro, pero luego no vengas diciendo que no te avisaron.
Y ahora tú...
La próxima vez que pongas el móvil a cargar, quizá te acuerdes de Cobalto rojo. No para sentirte culpable por tener un teléfono. No para convertir cada decisión cotidiana en un juicio moral. Sino para recordar algo bastante más incómodo: que vivimos rodeados de objetos cuya historia empieza mucho antes de que nosotros los compremos.
Y que, a veces, conocer esa historia es el primer paso para empezar a exigir que sea diferente.
