Conservar la educación

14.09.2026

Autor: Bianca Thoilliez

Editorial: Ediciones Encuentro

Número de páginas: 166

ISBN: 9788413392462

Categoría: 🪿 Ensayo · educación, escuela y pensamiento · defender lo que no debería necesitar defensa

Valoración: ✰✰✰✰✰

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Argumento

Hay palabras que parecen sospechosas en cuanto aparecen en una conversación sobre educación. "Conservar" es una de ellas. En un ámbito acostumbrado a hablar de innovación, transformación, competencias, metodologías y futuro, proponer que quizá haya cosas que no necesitamos cambiar sino proteger resulta casi provocador. Este es el punto de partida de Bianca Thoilliez en Conservar la educación, el de detenerse ante una escuela sometida a una aceleración constante y preguntarse qué debería seguir formando parte de ella cuando desaparece la fascinación por lo nuevo y nos quedamos con la pregunta fundamental, qué significa realmente educar.

La autora pone el foco en la distancia entre la educación entendida como formación humana y un discurso educativo cada vez más condicionado por la medición de resultados, la eficiencia, la novedad y determinadas lógicas externas a la propia experiencia de enseñar y aprender. No se trata de rechazar el cambio ni de convertir el pasado en un lugar idealizado, sino de preguntarse qué elementos de la tradición educativa siguen teniendo valor y qué perdemos cuando dejamos de considerarlos importantes.

A lo largo del ensayo aparecen cuestiones como el conocimiento, la relación entre profesor y alumno, el tiempo necesario para aprender, la autoridad, la palabra, la experiencia y el sentido mismo de la escuela. La propuesta no consiste tanto en ofrecer otra receta pedagógica como en recuperar la posibilidad de pensar la educación antes de apresurarnos a reformarla.

En nuestra obsesión por preparar a los alumnos para el futuro, ¿estamos dejando de enseñarles algunas de las cosas que necesitarán para poder vivirlo?

Gooseopinión

Lo primero que me gusta de Conservar la educación es que se atreve a llevar la contraria a una palabra que parece haberse convertido en un mantra: innovación. No porque innovar sea malo, evidentemente, sino porque hemos llegado a un punto en el que cualquier cosa nueva parece adquirir automáticamente la condición de mejor. Y en educación esa asociación puede ser especialmente peligrosa, porque una escuela no es una aplicación que necesita actualizarse cada seis meses. Hay cosas que cambian porque tienen que cambiar y otras que sobreviven precisamente porque siguen siendo necesarias. Un profesor que sabe algo y un alumno que todavía no lo sabe; una conversación, un libro, el esfuerzo de comprender algo difícil, el tiempo que necesita una idea para asentarse, la posibilidad de equivocarse, la atención, la transmisión de conocimiento entre generaciones... Nada de eso resulta particularmente moderno, pero tampoco veo que haya encontrado todavía un sustituto convincente.

Thoilliez construye su defensa desde ahí y uno de los mayores aciertos del ensayo está en no plantear la conservación como nostalgia. No está diciendo que la escuela de antes fuera maravillosa ni que debamos regresar a un pasado ideal que probablemente nunca existió. Lo que plantea es bastante más incómodo, que quizá hemos confundido progreso educativo con transformación permanente y que, en ese proceso, hemos dejado de preguntarnos qué merece realmente la pena conservar.

La narración gana fuerza cuando cuestiona ese lenguaje educativo que cada vez parece tener más que ver con la gestión, la medición o la adaptación que con la propia experiencia de educar. Cuando todo tiene que poder convertirse en un resultado, una competencia, un indicador o una evidencia, existe el riesgo de que aquello que no puede medirse termine pareciendo menos importante. Y precisamente buena parte de lo que hace que una educación sea verdaderamente significativa pertenece a ese territorio difícil de cuantificar.a ¿Cómo se mide el interés que un profesor consigue despertar en un alumno? ¿Cómo se mide una conversación que cambia la manera de pensar de alguien? ¿Cómo se mide el gusto por aprender? No se puede. O, al menos, no de una manera que capture realmente lo que está sucediendo.

Otro de los aspectos que me parecen interesantes es que Thoilliez no presenta la educación como un problema exclusivamente técnico. Y esto parece obvio, pero quizá no lo sea tanto. Decidir qué enseñamos, qué consideramos conocimiento valioso, qué relación queremos establecer entre profesores y alumnos o qué papel debe desempeñar la escuela en una sociedad no son decisiones puramente metodológicas. Son decisiones sobre el tipo de persona y de sociedad que queremos construir, entrando entonces en un terreno más filosófico que pedagógico y, para mí, es precisamente donde encuentra su mayor interés.

Es un libro que puede generar cierta resistencia. Su defensa de la conservación puede ser interpretada fácilmente desde posiciones muy distintas: para algunos lectores será una necesaria reivindicación del conocimiento y de la tradición educativa; para otros, puede quedarse demasiado cerca de una crítica general a las tendencias contemporáneas sin entrar siempre con la misma profundidad en las razones por las que esas transformaciones aparecieron. Es más convincente cuando pregunta qué no deberíamos perder que cuando parece sugerir que sabemos perfectamente qué hemos perdido ya. La educación contemporánea tiene problemas reales, pero también ha corregido desigualdades, ha ampliado el acceso al conocimiento y ha incorporado herramientas y perspectivas que sería absurdo rechazar simplemente porque son nuevas. Conservar no puede significar conservarlo todo; esa es precisamente la tensión más interesante que deja el libro: ¿cómo distinguimos aquello que merece ser conservado de aquello que simplemente hemos conservado por costumbre? Porque esa pregunta también forma parte de educar.

Al final, Conservar la educación me parece menos un alegato contra la innovación que una llamada de atención contra la innovación convertida en dogma. Una invitación a recordar que educar no consiste únicamente en preparar para el mercado laboral, mejorar resultados o incorporar la última herramienta tecnológica. Consiste también en transmitir una cultura, enseñar a pensar, poner al alumno en contacto con aquello que todavía no conoce y acompañarlo en un proceso que necesariamente necesita tiempo. Por eso el título resulta tan acertado, no se trata de conservar la escuela tal como era, se trata de conservar la educación dentro de la escuela. Que no es exactamente lo mismo. Y, viendo cómo hablamos a veces de educación, no estoy segura de que sea una distinción tan obvia como debería.

Recomendado para...

docentes, estudiantes de educación y, sobre todo, para cualquiera que alguna vez se haya preguntado qué estamos intentando conseguir realmente cuando decimos que queremos "mejorar la educación". Si te interesan estos debates, puede dialogar muy bien con Sócrates en el aula, de José María Barrio Maestre, aunque ambos lleguen a la defensa de una educación humanista desde caminos diferentes. También puede resultar interesante leerlo junto a La buena y la mala educación, de Inger Enkvist.

El veredicto de Halford

Yo estoy muy a favor de conservar cosas. El queso, por ejemplo. Los rincones oscuros. Las iglesias tranquilas. Las migas que caen debajo de las mesas. Así que, de entrada, la propuesta de este libro me parece sensata. Ahora bien, si conservar la educación significa seguir haciendo algunas cosas que llevamos cien años haciendo simplemente porque siempre se han hecho así, ahí ya tengo mis dudas. una pequeña advertencia: conservar no es lo mismo que acumular polvo.

Y ahora tú...

Si pudieras conservar una sola cosa de la educación tal y como la hemos conocido hasta ahora, ¿qué sería?


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