Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer

14.07.2026

Autor: Fran Ruiz

Editorial: Rosita y Amparo

Número de páginas: 204

ISBN: 9791399111088

Categoría: 🍂 Novela literaria · deriva urbana, cansancio contemporáneo y búsqueda de sentido

Valoración: ✰✰✰✰

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Argumento

En Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer, Fran Ruiz construye una novela de deriva, observación e introspección en torno a un protagonista suspendido en una especie de pausa vital. Su vida laboral queda en suspenso y, en ese intervalo, lejos de lanzarse a una productividad compensatoria, empieza a vagar por una Barcelona cotidiana y extrañamente irreal, tomando notas, mirando escenas mínimas y tratando de entender qué hacer con su propia conciencia en una sociedad que parece exigir movimiento constante incluso cuando ya no se sabe hacia dónde se va.

El protagonista arrastra una pasión artística —la pintura— que funciona como deseo aplazado y como posible vía de regreso a una forma más lenta, sensible y atenta de estar en el mundo. En sus desplazamientos por bares, supermercados, plazas y encuentros casuales, la ciudad se convierte en un territorio de revelaciones pequeñas, vidas ajenas apenas vislumbradas, momentos de fragilidad, gestos absurdos, instantes de ternura y una melancolía que no llega a volverse solemne porque está atravesada por humor e ironía.

La novela se mueve entre la evasión y la lucidez excesiva, entre el deseo de desaparecer del ritmo contemporáneo y la imposibilidad de dejar de pensar. A través de un monólogo reflexivo de tono observacional, Fran Ruiz aborda el cansancio moderno, la precariedad laboral, la infancia como reserva de asombro, la crisis de sentido y la posibilidad —frágil, casi ridícula, pero necesaria— de ensayar otra forma de vida más cercana a la contemplación que al rendimiento.

Gooseopinión

Leer Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer es entrar en una novela que, desde el título, ya declara su posición, la de apartarse del ruido, desconfiar de la prisa y buscar una belleza que no se presenta como salvación heroica, sino como gesto mínimo, casi doméstico, casi absurdo. Fran Ruiz escribe una ópera prima muy consciente de sus materiales y de su tono, una novela que se instala en esa zona difícil donde la deriva urbana, el monólogo interior y la reflexión sobre el cansancio contemporáneo pueden convertirse en literatura viva o, si se descuidan, en pose melancólica. Aquí, en general, la apuesta se sostiene porque el libro entiende que la lentitud no consiste en no hacer nada, sino en mirar con una atención que el mundo actual parece haber vuelto sospechosa.

Lo más interesante de la novela está en la construcción de ese sujeto suspendido, alguien que no acaba de caer del todo ni de recomponerse del todo, que se mueve por Barcelona como quien atraviesa un decorado familiar pero ligeramente desplazado. No hay una gran trama en sentido convencional, y tampoco la necesita. El verdadero movimiento está en la percepción; en cómo una cola, un bar, una conversación escuchada al paso o una escena de supermercado pueden abrir una pequeña grieta de sentido. Esa mirada casi pictórica hacia lo cotidiano es uno de los mejores hallazgos del libro, sobre todo cuando el protagonista deja de explicarse demasiado y simplemente observa. Ahí es cuando la novela empieza a respirar mejor.

Fran Ruiz maneja con acierto una ironía que impide que el texto se vuelva demasiado grave. Esto es importante, porque el tema —la precariedad, el agotamiento, la falta de dirección, esa sensación tan contemporánea de vivir aplazando la propia vida— podría haber derivado fácilmente en un lamento generacional algo previsible. La novela evita en buena medida ese peligro gracias a un humor discreto, a veces seco, que introduce una distancia saludable entre el protagonista y su propio malestar. No se burla de la fragilidad, pero tampoco la sacraliza. Y ese equilibrio le da personalidad.

El núcleo más potente está en la pregunta por el margen. El libro no plantea una huida espectacular del sistema ni una conversión iluminada hacia la vida lenta. Plantea algo bastante más modesto y por eso más reconocible, ¿qué ocurre cuando uno se queda un poco fuera, cuando la maquinaria laboral se detiene y aparece un tiempo extraño, incómodo, lleno de posibilidades y de amenaza?. La suspensión del trabajo no se vive como una liberación pura, sino como intemperie. El protagonista gana tiempo, sí, pero ese tiempo también lo enfrenta a sí mismo, a sus deseos postergados, a la pintura abandonada, a una sensibilidad que no sabe muy bien dónde colocarse.

La presencia de Li Bai, los crisantemos o la cítara de siete cuerdas no funciona solo como decoración cultural exquisita, aunque en algún momento el libro roza ese riesgo. Hay una voluntad clara de invocar otra relación con el tiempo, con la naturaleza, con el gesto artístico y con la contemplación. Cuando esa referencia oriental aparece integrada en la experiencia del personaje, la novela gana profundidad; cuando se acerca demasiado al símbolo bonito, pierde algo de filo. Esa es quizá una de sus zonas más delicadas, la tensión entre una auténtica búsqueda de belleza y el peligro de estetizar la renuncia.

También hay que decir que el monólogo reflexivo, aunque está bien controlado, exige complicidad lectora. No todo el mundo entra en un libro donde la acción externa pesa menos que la deriva mental. Hay pasajes en los que la introspección bordea la saturación y el protagonista parece demasiado atrapado en su propia lucidez. Pero esa incomodidad también forma parte de la propuesta, estamos ante alguien que piensa demasiado porque quizá ya no sabe vivir de otro modo. El exceso de conciencia no es un defecto añadido desde fuera; es uno de los temas de la novela.

Lo que más agradezco del libro es que no venda una salida fácil. No convierte la contemplación en receta ni la belleza en solución de Instagram. La novela sabe que cuidar crisantemos o pensar en pintar de nuevo no arregla por sí solo una vida, pero puede abrir una pequeña resistencia frente a la inercia. Y eso, en el fondo, es más honesto. No todos los despertares tienen forma de revelación; algunos son apenas una forma de seguir mirando cuando todo empuja a desconectarse.

Como ópera prima, sorprende por su madurez tonal y por una ambición literaria que no necesita hacer ruido para ser visible. Tiene momentos de gran finura observacional y una voz que, aunque todavía puede tensarse más, ya muestra una identidad clara. Su mayor virtud es también su límite, apuesta tanto por la deriva, la contemplación y la conciencia que por momentos corre el riesgo de quedarse encerrada en su propio dispositivo. Pero cuando encuentra el punto justo entre pensamiento, imagen y humor, la novela consigue algo difícil, como convertir el cansancio contemporáneo en materia estética sin embellecerlo del todo.

Cuidar crisantemos, leer a Li Bai y tocar la cítara de siete cuerdas al anochecer es una novela extraña, sensible y más inteligente de lo que su aparente ligereza podría sugerir. No busca sacudirnos con grandes golpes narrativos, sino acompañarnos hacia una pregunta más silenciosa: qué tipo de vida sería posible si dejáramos de confundir movimiento con sentido.

Recomendado para...

Lectores que disfrutan de novelas como Tokio ya no nos quiere de Ray Loriga en su deriva existencial, Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas por su relación con la renuncia y la literatura, o El año del pensamiento mágico de Joan Didion en su atención a los estados interiores, aunque aquí desde un registro más urbano, irónico y contemplativo. También puede conectar con quienes disfrutaron El arte de la fuga de Sergio Pitol o ciertas derivas de Robert Walser, donde caminar, mirar y pensar se convierten en una forma de estar en el mundo.


Una ópera prima con una voz muy definida, capaz de convertir la suspensión laboral, la fatiga urbana y el deseo de belleza en una cartografía íntima del presente. No es una novela para buscar argumento trepidante, sino para dejarse arrastrar por una conciencia que observa, duda, se contradice y todavía se resiste a perder del todo el asombro.

Y ahora tú...

¿Y si la vida que creemos estar posponiendo estuviera escondida precisamente en esos momentos en los que dejamos de correr?

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