Eisen. Una novela bufa

07.11.2026

Autor: Guzel Yájina

Editorial: Acantilado

Número de páginas: 613

ISBN: 9791387964696

Categoría: 🎬 Novela histórica, cine y poder · Cuando crear también significa aprender a sobrevivir al poder

Valoración: ✰✰✰✰✰

Nota: esta reseña incluye enlaces de afiliado.

Argumento

Guzel Yájina se acerca a una de las figuras fundamentales de la historia del cine, Serguéi Eisenstein, para construir no una biografía convencional, sino una novela que juega deliberadamente con la ficción, el montaje y la propia naturaleza fragmentaria del cineasta. El resultado es un retrato literario de un hombre extraordinario atrapado en una relación cada vez más incómoda con el poder soviético.

La novela recorre distintos momentos y escenarios de la vida de Eisenstein, desde Moscú hasta París, Berlín y México, siguiendo sus desplazamientos, sus proyectos artísticos, sus relaciones y sus conflictos. El viaje geográfico sirve también para mostrar las diferentes caras de un creador que necesita libertad para desarrollar su obra y, al mismo tiempo, depende de un sistema político que financia, promociona y condiciona su trabajo.

Yájina estructura la narración mediante escenas breves que evocan la técnica del montaje cinematográfico de Eisenstein. En lugar de construir una narración lineal y convencional, va yuxtaponiendo momentos, imágenes, diálogos y situaciones que obligan al lector a realizar sus propias conexiones. La forma, por tanto, no es un simple adorno: intenta convertir la literatura en una especie de película sobre el propio cineasta.

En el centro está la contradicción de un artista que contribuyó a construir una determinada imagen del poder soviético y que terminó sufriendo sus límites, su censura y su capacidad de control. Yájina no presenta a Eisenstein simplemente como víctima ni como héroe: lo coloca dentro de esa zona mucho más incómoda en la que el creador necesita al mismo poder que amenaza su libertad.

Gooseopinión

Suelo leer novelas que cuentan la vida de un personaje y otras que intentan pensar como ese personaje. Eisen. Una novela bufa me lleva a pensar con el personaje. Guzel Yájina no parece interesada en levantar una biografía novelada perfectamente ordenada, sino en utilizar a Eisenstein para construir una reflexión sobre el artista, el poder y esa relación bastante perversa en la que el creador necesita al sistema mientras intenta conservar un espacio propio dentro de él.

La elección de Eisenstein resulta magnífica para hacerlo. Estamos ante uno de los grandes revolucionarios del lenguaje cinematográfico, un director que convirtió el montaje en una herramienta artística capaz de producir significado a través de la relación entre imágenes. Yájina recoge esa idea y la traslada a la estructura de la novela, escenas breves, saltos, fragmentos, cambios de escenario y asociaciones que funcionan como cortes cinematográficos. La estructura es uno de los mayores atractivos del libro, pero también nos exige algo de nuestra parte. No estamos ante una novela que quiera llevarnos de la mano desde el principio hasta el final. La narración se construye por acumulación de escenas y perspectivas, y esa fragmentación reproduce la manera en que Eisenstein entendía el montaje. En los mejores momentos, la forma y el contenido se encuentran de una manera extraordinariamente coherente, estamos leyendo sobre un cineasta a través de una novela que intenta pensar cinematográficamente.

Pero lo verdaderamente interesante no está solamente en el experimento formal. Está en la contradicción moral y artística de Eisenstein. Sería muy sencillo escribir esta historia como el relato de un artista genial perseguido por una dictadura. Y también demasiado cómodo. Yájina quiere evitar esa simplificación. Eisenstein no fue un disidente convencional. Su relación con el proyecto soviético fue mucho más compleja; necesitó del sistema, recibió apoyo y financiación, trabajó dentro de él y contribuyó con su cine a construir parte de su imaginario, pero al mismo tiempo tuvo que enfrentarse a la censura, las prohibiciones y las limitaciones que ese mismo poder imponía a su obra.

Ahí está, para mí, el núcleo más potente de la novela ¿cuánto de nuestra libertad estamos dispuestos a entregar a cambio de poder crear?

Y no es una pregunta exclusiva de Eisenstein. El conflicto entre arte y poder atraviesa buena parte de la historia cultural. El problema aparece cuando el sistema que proporciona los recursos necesarios para crear empieza a decidir qué puede decirse, qué puede mostrarse y qué debe desaparecer. Entonces el artista puede terminar intentando convencer al poder de que le permita ser libre dentro de unos límites que el propio poder ha establecido. Yájina tampoco convierte a Eisenstein en un personaje especialmente cómodo. Hay ambición, deseo, contradicciones, necesidad de reconocimiento, miedo y una relación compleja con su propia imagen. El resultado es bastante más humano que la típica figura del genio incomprendido. La autora está más interesada en el hombre que intenta negociar con sus propias contradicciones que en construir un monumento al director de El acorazado Potemkin (si a estas alturas aún no la has visto, te la recomiendo -Halford, seguro que también)

El humor que anuncia el subtítulo, además, es importante. "Una novela bufa" no significa que Yájina convierta una historia trágica en una comedia ligera. Hay algo grotesco en determinadas situaciones y, sobre todo, en la relación entre el individuo y una maquinaria política capaz de elevarte un día y destruir tu trabajo al siguiente. La ironía permite observar esa contradicción sin convertir el relato en un discurso solemne sobre la libertad, consiguiendo algo especialmente difícil como lo es el hablar del autoritarismo sin reducirlo todo al miedo. También está la fascinación por el poder, el deseo de pertenecer, la vanidad, la necesidad de reconocimiento y la tentación de creer que uno puede controlar las reglas del juego desde dentro. Eso hace que el conflicto sea mucho más interesante que el simple enfrentamiento entre "artista bueno" y "régimen malo".

La elección de los distintos escenarios también amplía esa reflexión. Moscú, París, Berlín o México no funcionan únicamente como lugares por los que pasa Eisenstein, sino como espacios desde los que observar diferentes relaciones entre arte, política, modernidad y deseo. Y la propia trayectoria internacional del cineasta permite que la novela no quede encerrada en una única dimensión soviética. Ahora bien, 613 páginas son muchas páginas, y creo que aquí está uno de los riesgos de la propuesta. La estructura fragmentaria, precisamente porque reproduce el montaje, puede resultar estimulante cuando cada escena añade una nueva capa al personaje, pero también puede generar cierta sensación de dispersión. No todos los lectores encontrarán igual de natural esa forma de narrar, especialmente si esperan una novela histórica convencional con una evolución lineal y claramente definida. Tampoco recomendaría acercarse a ella pensando que sustituye una biografía de Eisenstein. No lo hace, ni pretende hacerlo. Es una interpretación literaria, y esa distinción importa. Yájina utiliza hechos, lugares y personajes reales como materia narrativa, pero su objetivo es construir una novela sobre el artista y el poder, no ofrecer una reconstrucción documental exhaustiva.

Por eso (siempre bajo mi punto de vista) creo que funciona mejor para quien conozca, aunque sea mínimamente, la figura de Eisenstein y quiera verla desde otro ángulo. Incluso puede provocar el efecto más interesante que puede tener una novela histórica: terminarla y querer volver a las películas, a la biografía, a la época, a las fotografías, a todo aquello que existe detrás de la ficción.

Y hay una última paradoja que me parece especialmente bonita. Eisenstein dedicó buena parte de su vida a descubrir cómo dos imágenes juntas podían producir un significado que ninguna de ellas contenía por separado. Yájina hace algo parecido con la literatura, coloca arte y poder, deseo y miedo, ambición y censura, creador y régimen uno junto a otro, y deja que el significado aparezca precisamente en ese choque.

Al final, Eisen no habla únicamente de lo que le ocurre a un artista cuando vive bajo un régimen autoritario. Habla de algo mucho más incómodo, de lo difícil que puede resultar distinguir entre colaborar con el poder, utilizarlo y convertirse en prisionero de aquello que uno mismo ayudó a construir. Es cuando deja de ser solamente la historia de Eisenstein y se convierte en una pregunta sobre cualquier creador que necesite permiso para crear.

Recomendado para...

Lectores de novela histórica que disfruten de propuestas formales arriesgadas y, especialmente, para quienes tengan interés por el cine, la historia cultural soviética y las relaciones entre creación artística y poder. Si os interesa esta misma tensión entre un artista y el sistema político que lo rodea, puede resultar muy estimulante leerla junto a La muerte de Stalin, de Fabien Nury y Thierry Robin, aunque el tono y el género sean completamente diferentes, o acercarse directamente a las películas de Eisenstein para comprobar hasta qué punto la novela de Yájina juega con el lenguaje cinematográfico.

También puede interesar a quienes hayan disfrutado de Zuleijá abre los ojos, de la propia Yájina: ambas novelas comparten esa capacidad de utilizar la experiencia individual para adentrarse en momentos históricos marcados por la violencia del poder, aunque Eisen sea formalmente mucho más fragmentaria y experimental.


¿Cuánta libertad puede conservar un artista cuando su obra necesita el permiso de quienes mandan? 

El veredicto de Halford

Yo no sé nada de cine, pero sí sé reconocer a alguien que intenta impresionar demasiado. Eisenstein, por lo visto, hizo películas con montaje, poder, política y toda clase de cosas complicadas. Yo monto mi vida alrededor de una mesa, una iglesia y un buen escondite. Mucho más sostenible. Pero esta novela tiene algo que entiendo perfectamente, si dependes de alguien para que te dé el queso, tarde o temprano ese alguien querrá decidir qué queso puedes comer. Y eso, criaturas, nunca acaba bien.

Y ahora tú...

¿Hasta dónde debería estar dispuesto a llegar un artista para proteger su obra cuando crear depende, directa o indirectamente, de quienes tienen el poder de decidir qué puede existir?

Share