Gente sin presencia
Argumento
"Pero si tú has salido mal, tus hijos no pueden salir bien. Así son las cosas". La madre de la narradora lleva toda la vida convencida de que existen personas con presencia y personas incapaces de dejar huella. Una idea que, repetida desde la infancia, termina convirtiéndose para su hija en algo mucho más que una de las muchas teorías extravagantes de una madre peculiar, acaba funcionando como una especie de regla secreta con la que medir su propia existencia.
Actriz frustrada, brillante, contradictoria y difícil de encasillar, la madre deja tras de sí una historia familiar llena de teatro, mentiras, amores fallidos, enfermedad y desencuentros. Después de su muerte, su hija intenta reconstruir quién fue realmente aquella mujer y, al mismo tiempo, comprender cuánto de su propia identidad se ha construido a partir de ella.
Jente Posthuma compone así un mosaico de recuerdos en el que el humor convive con la tristeza y la ternura con la incomodidad, para hablar de algo que todos heredamos aunque no aparezca en ningún testamento, la forma en que quienes nos precedieron nos enseñaron a mirarnos.
Gooseopinión
Hay frases que se dicen una vez y desaparecen. Y también hay frases que alguien pronuncia cuando eres pequeña y que, sin que te des cuenta, se quedan dentro de ti durante años.
En Gente sin presencia, una de esas frases es la teoría de la madre, hay personas que tienen presencia y personas que no dejan huella. Parece una ocurrencia, incluso una excentricidad más de una mujer peculiar. Pero cuando una idea así acompaña a una niña durante su crecimiento, deja de ser una simple opinión ajena y empieza a convertirse en una pregunta íntima ¿y yo qué soy?
Ahí empieza la novela de Jente Posthuma. Y también ahí empieza a complicarse. Porque Gente sin presencia no es realmente una novela sobre descubrir quién fue una madre después de su muerte. O, al menos, no solamente. Es una novela sobre lo difícil que resulta separar a la persona que nuestros padres fueron de la persona que nosotros necesitamos que fueran para poder entender nuestra propia historia.
La narradora vuelve una y otra vez a su infancia, a su madre, al teatro, a las relaciones familiares, a las enfermedades, a los amores que salieron mal y a todas esas pequeñas escenas que sobreviven en la memoria mucho después de que hayan desaparecido quienes las protagonizaron. Pero la memoria no es un archivo, es una habitación llena de cosas que hemos ido cambiando de sitio. Y esto se nota en la estructura de la novela, construida como un mosaico de recuerdos. Posthuma no necesita ofrecernos una biografía perfectamente ordenada de la madre. De hecho, sería contradictorio con lo que quiere contar. La conocemos a través de fragmentos, contradicciones, anécdotas y escenas que, juntas, van dibujando a una mujer imposible de reducir a una sola definición.
Una madre puede ser cariñosa y hacer daño. Puede ser brillante y profundamente insegura. Puede querer a sus hijos y, al mismo tiempo, transmitirles sus propios miedos. Puede haber sido una mujer llena de sueños que no se cumplieron y convertirse, sin pretenderlo, en alguien que hace que sus hijos carguen con ellos. Y lo más interesante de esta novela es que Posthuma no intenta convertir esa contradicción en un juicio. No estamos ante una madre monstruosa a la que la hija finalmente consigue desenmascarar, tampoco ante una madre maravillosa cuya pérdida obliga a la protagonista a idealizarla. Es una mujer. Y las mujeres, como las familias, rara vez cabemos en una sola versión de nosotros mismos. Por eso el duelo aparece aquí de una manera bastante más interesante que en muchas novelas que hablan de la pérdida. La muerte de la madre no cierra la historia, la abre.
Cuando alguien muere ya no podemos preguntarle qué quiso decir. No podemos comprobar si aquel recuerdo ocurrió exactamente así. No podemos discutir una interpretación. No podemos exigir una explicación. Nos queda lo que recordamos y, con ello, la incómoda tarea de construir nuestra propia versión de quien ya no puede corregirla, la narradora intenta precisamente eso, entender a su madre sin dejar de entenderse a sí misma, apareciendo la idea de la presencia, que termina funcionando como una metáfora mucho más amplia de lo que parece al principio. ¿Qué significa dejar huella? ¿Ser recordado? ¿Ser importante para alguien? ¿Ocupar espacio? ¿Conseguir que los demás te miren? ¿Tener una vida que pueda ser contada? Y, sobre todo, ¿por qué necesitamos tanto demostrar que nuestra existencia ha importado?
La madre parece necesitar esa presencia y la narradora crece bajo esa necesidad. mientras que el lector acaba preguntándose si no llevamos todos, de una manera u otra, alguna versión de esa misma obsesión. Queremos que nuestro trabajo importe. Que nuestras decisiones importen. Que nuestros hijos nos recuerden. Que alguien piense en nosotros cuando ya no estemos. Que la vida que hemos construido no desaparezca sin dejar rastro... Gente sin presencia introduce una posibilidad bastante más incómoda, quizá una vida no tenga que ser extraordinaria para haber sido importante; creo que esto es una idea mucho más poderosa que cualquier discurso sobre dejar legado.
La novela consigue que el humor tenga un papel fundamental. porque lo necesita, ya que hablar de madres, infancia, enfermedad, fracaso y muerte sin permitir que aparezca lo absurdo habría convertido el libro en algo mucho más pesado. Aquí la tristeza puede convivir con una escena ridícula y una situación dolorosa puede desembocar en una observación divertida, tal y como ocurre en la vida. Porque las familias no somos tragedias griegas, somos personas haciendo lo que podemos, equivocándonos, queriéndonos mal algunas veces, queriéndonos bien otras y dejando heridas que quizá nunca sabremos que estábamos provocando.
Hay algo en la novela que resulta incómoda en algunos momentos: no permite colocar a nadie completamente en el lugar de víctima o culpable. Ya que comprender a nuestros padres implica precisamente aceptar que ellos también fueron personas antes de convertirse en nuestros padres. Tenían sus propias frustraciones, sus propios sueños, sus propias inseguridades, sus propias historias heredadas... comprender eso no borra aquello que nos hicieron, pero puede ayudarnos a distinguir qué parte de nuestra historia queremos conservar y qué parte ya no necesitamos seguir cargando. Porque la herencia familiar no siempre llega en forma de objetos. A veces heredamos una frase. Una inseguridad. Una forma de querer. Una manera de entender el éxito. Una idea sobre quiénes somos. Y después pasamos media vida intentando descubrir si aquello realmente nos pertenece.
Gente sin presencia habla de una madre, pero termina hablando del momento en que empezamos a distinguir nuestra propia voz de todas las voces que aprendimos a escuchar antes de saber quiénes éramos.
Esta es la forma más difícil de crecer.
Recomendado para...
Lectores que disfrutan de novelas familiares y contemporáneas que se construyen desde la memoria, la contradicción y los pequeños detalles, y para quienes buscan historias sobre madres e hijas, identidad, duelo y esas herencias emocionales que nadie nos pregunta si queremos recibir.
También para quienes disfrutan de una literatura capaz de hablar de asuntos dolorosos sin renunciar al humor y de personajes que no pueden clasificarse cómodamente entre buenos y malos.
Porque algunas veces, para saber quién eres, primero tienes que averiguar qué parte de ti aprendiste de los demás.
El veredicto de Halford
Halford dice que él tiene presencia. Mucha. Una presencia enorme. Especialmente cuando hay comida cerca. Sobre el libro, después de darle unas vueltas, ha decidido que las familias son complicadas, que las madres dicen cosas que luego se te quedan dentro durante treinta años y que quizá él debería dejar de hablar antes de convertirse en material literario. Demasiado tarde.
Y ahora tú...
¿Qué frase que te dijeron de pequeño sigues escuchando hoy dentro de tu cabeza, incluso aunque ya no estés de acuerdo con ella?
