Letters to Sartre

31.08.2026

Autor: Simone de Beauvoir

Editorial: Vintage

Número de páginas: 532

ISBN: 9781529961973

Categoría: 📚 Epistolario · correspondencia literaria · autobiografía · literatura íntima · historia intelectual · relaciones afectivas

Valoración: ✰✰✰✰✰

Argumento

Letters to Sartre no es exactamente un libro sobre Sartre, aunque Sartre sea su destinatario y esté presente prácticamente en cada página. Tampoco es una autobiografía convencional de Simone de Beauvoir, aunque probablemente sea uno de los lugares donde más claramente podemos observarla fuera de la construcción consciente de su obra autobiográfica. Es, sobre todo, el registro de una relación y, a través de ella, el retrato extraordinariamente complejo de una mujer que intenta conciliar sus ideas sobre la libertad, la independencia y el amor con algo bastante menos filosófico y mucho más incómodo: sus propias emociones.

Las cartas abarcan distintos momentos de la vida de Beauvoir y muestran una relación que nunca fue convencional. Beauvoir y Sartre se conocieron como estudiantes de filosofía en París en 1929 y mantuvieron durante más de cincuenta años un vínculo que rechazaba el matrimonio y la exclusividad sentimental. Su relación se construyó alrededor de una idea de libertad que permitía otras relaciones amorosas y sexuales, pero que no eliminaba ni mucho menos los sentimientos que esas relaciones podían provocar, ahí es donde este libro se vuelve realmente interesante. Porque una cosa es defender intelectualmente la libertad, y otra muy distinta es descubrir qué haces con los celos cuando la persona que amas está con otra.

Beauvoir puede teorizar sobre la independencia, la autonomía y la libertad afectiva. Puede vivir de acuerdo con principios que, para su época, resultaban extraordinariamente radicales. Pero en estas cartas aparece también la mujer que necesita saber, que pregunta, que espera, que se enfada, que desea, que siente celos y que, sobre todo, necesita mantener un vínculo constante con Sartre aunque ambos estén separados. La filosofía, de repente, tiene que convivir con la vida. Y la vida es bastante menos ordenada.

Gooseopinión

Hay una tentación evidente al acercarse a un libro como este, leerlo buscando a Simone de Beauvoir, la intelectual. La autora de El segundo sexo. La filósofa. La escritora. Una de las figuras fundamentales del pensamiento del siglo XX. Pero cuanto más avanzamos por estas cartas, más evidente resulta que lo interesante no es encontrar a esa Beauvoir que ya conocemos, sino descubrir hasta qué punto la mujer que escribe puede contradecir a la figura intelectual que hemos construido después.

Porque aquí Beauvoir no está escribiendo un tratado sobre la libertad. Está escribiendo a un hombre al que quiere. Y eso lo cambia todo.

Las cartas tienen una intensidad que resulta difícil de conciliar con la imagen algo solemne que puede producirnos la Beauvoir convertida en icono intelectual. Hay deseo, ternura, complicidad, humor, necesidad, irritación, dependencia y celos. Hay momentos en los que parece completamente segura de sí misma y otros en los que la distancia respecto a Sartre se convierte en una especie de vacío que necesita llenar escribiendo. Y escribe muchísimo. Eso es quizá lo primero que impresiona, la necesidad de comunicarse con él. No importa tanto que tengan una relación abierta como que Sartre siga siendo el centro de una conversación que Beauvoir necesita mantener incluso cuando él no está presente, encontrándonos una de las contradicciones más fértiles del libro. Porque su relación se construye sobre la independencia, pero estas cartas están atravesadas por una necesidad constante de conexión. Beauvoir quiere ser libre, pero también quiere ser importante para Sartre. Quiere que ambos puedan vivir otras experiencias, pero no quiere que esas experiencias destruyan el lugar que ocupa en su vida. Quiere una relación que no funcione según las convenciones tradicionales, pero eso no significa que haya conseguido liberarse de todos los sentimientos que esas convenciones intentaban regular. Y esto me parece muchísimo más interesante que convertir la relación Beauvoir-Sartre en el simple ejemplo de una pareja adelantada a su tiempo. Porque no estaban por encima de los sentimientos humanos por haber construido una relación distinta. Seguían teniendo celos. Seguían teniendo miedo. Seguían necesitando confirmación. Seguían haciéndose daño... pero la diferencia es que intentaron construir una estructura intelectual para poder vivir con todo eso. Y no siempre funcionó.

Hay algo especialmente revelador en leer estas cartas sabiendo quién fue Simone de Beauvoir después. Nosotros conocemos el resultado. Sabemos que estamos leyendo a una de las grandes intelectuales del siglo XX. Sabemos qué lugar ocupará El segundo sexo. Sabemos qué importancia tendrá su obra. Sabemos que su relación con Sartre se convertirá en una de las parejas intelectuales más famosas de la historia moderna. Ella, evidentemente, no podía leer sus propias cartas desde ese futuro. Y eso le da al libro una dimensión muy particular. No estamos leyendo a una autora que controla su legado. Estamos leyendo a una mujer que está viviendo. Y vivir implica ser contradictoria.

Hay momentos en los que Beauvoir resulta admirable precisamente porque no intenta ocultar esas contradicciones. Pero también hay otros en los que puede resultar incómoda, porque no siempre sale bien parada

La edición inglesa incluso recoge en su presentación editorial esa dimensión menos complaciente del retrato: Beauvoir aparece vulnerable, apasionada, celosa y dependiente, además de inteligente y comprometida con sus ideales. Y creo que es importante no intentar suavizarlo. No hace falta convertir a Beauvoir en una santa feminista para reconocer su importancia. De hecho, hacerlo sería bastante aburrido.

Lo fascinante es precisamente que la persona que defendió ideas tan radicales sobre la libertad y la condición de las mujeres pudiera ser, al mismo tiempo, una mujer atravesada por necesidades afectivas completamente reconocibles. Eso no invalida su pensamiento. Lo humaniza. También hay que hablar de Sartre. Porque leer estas cartas permite observar una relación que durante décadas se ha contado casi como una especie de mito filosófico: dos intelectuales que decidieron no casarse, no tener una relación convencional y vivir de acuerdo con sus propias reglas. Pero las cartas desmontan bastante bien la idea de que establecer tus propias reglas te libra de las consecuencias emocionales de esas reglas. No. Puedes decidir que sois libres. Puedes decidir que podéis amar a otras personas. Puedes decidir que no existe la exclusividad. Y aun así puedes sentir celos cuando el otro se enamora. Puedes echarlo de menos. Puedes querer saber dónde está. Puedes enfadarte. Puedes necesitar que te diga que eres importante. La libertad afectiva no elimina el apego. Y este libro es, en buena medida, la prueba de ello.

Hay algo literariamente muy atractivo en el hecho de que todo llegue a nosotros a través de cartas. Una carta tiene una relación con el tiempo completamente distinta a una novela. Se escribe porque alguien está lejos, porque hay algo que necesita ser contado, porque existe una ausencia, y esa ausencia está presente constantemente aquí. Sartre no está. Por eso Beauvoir escribe. Y al escribir, reconstruye la presencia del otro. Esto hace que el libro tenga una intimidad extraordinaria. No porque Beauvoir esté necesariamente intentando confesarnos nada, sino porque nosotros estamos leyendo algo que fue escrito para una persona concreta. Y eso genera una sensación inevitable de intrusión.

Algo parecido ocurre con cualquier correspondencia privada, pero aquí se intensifica porque conocemos a las personas implicadas y porque sabemos que su relación tiene una enorme importancia histórica. De repente, la historia intelectual del siglo XX aparece llena de cosas mucho menos solemnes. Esperas. Viajes. Personas que entran y salen de sus vidas. Deseos. Malentendidos. Celos. Noticias. Necesidad de contarle al otro qué está ocurriendo. La filosofía también tenía días malos.Y hay una cuestión todavía más incómoda: estas cartas no estaban destinadas a nosotros. La historia de su publicación lo deja claro. En 1983 Beauvoir publicó las cartas de Sartre y sostuvo que las suyas se habían perdido. Después fueron encontradas por su hija adoptiva, Sylvie Le Bon de Beauvoir, y publicadas tras la muerte de la autora, en medio de una considerable controversia.  Esto cambia inevitablemente nuestra posición como lectores. Porque estamos entrando en una intimidad que no fue concebida como obra literaria para el público. Y, sin embargo, una vez publicada, la correspondencia se convierte también en literatura.

Ese es uno de los dilemas más interesantes de los epistolarios privados: ¿seguimos leyendo una conversación privada o estamos leyendo una obra? Probablemente ambas cosas. Y quizá por eso este libro funciona tan bien. Porque podemos analizarlo literariamente, pero nunca podemos olvidar que antes de ser literatura fue comunicación. Beauvoir no estaba escribiendo «Letters to Sartre». Estaba escribiendo una carta a Sartre. La diferencia es enorme. Como lectura, además, exige cierta paciencia. No es una narración perfectamente construida y tampoco debería serlo. Las cartas tienen sus propios ritmos, sus repeticiones y sus momentos de aparente trivialidad. Algunas conversaciones resultarán fascinantes y otras tendrán interés principalmente para quien ya esté interesado en la vida de ambos.

Pero ahí está también el encanto. Porque la intimidad no es selectiva. La gente no se escribe únicamente cuando está viviendo acontecimientos extraordinarios, también cuenta cosas pequeñas. Y esas cosas pequeñas son las que terminan construyendo una vida. Por eso creo que sería un error leer Letters to Sartre únicamente como un documento sobre la pareja Beauvoir-Sartre. Es también un documento sobre cómo una mujer intelectual se relaciona con su propio deseo, con su trabajo, con otras personas y con la necesidad de no perder el vínculo con alguien que ocupa un lugar central en su vida. Y ahí Beauvoir resulta mucho más interesante que el icono. Mucho más contradictoria. Mucho más humana.

Lo que más me interesa, en definitiva, es que este libro no confirma demasiado bien la fantasía de que pensar mucho sobre la libertad te hace necesariamente más libre. Beauvoir pensó muchísimo sobre la libertad. La defendió. La convirtió en una cuestión central de su obra y de su vida. Y, sin embargo, estas cartas muestran que ser libre no significa dejar de necesitar a alguien.

Puedes rechazar las convenciones y seguir teniendo miedo. Puedes rechazar la posesión y seguir sintiendo celos. Puedes construir una relación extraordinariamente moderna y seguir sufriendo por ella de maneras muy antiguas. Y eso no convierte a Beauvoir en una hipócrita. La convierte en una persona.

Quizá ese sea el verdadero interés de Letters to Sartre: que detrás de dos nombres convertidos en monumentos intelectuales encontramos a dos personas intentando inventarse una manera de vivir que, como casi todas las maneras de vivir, no siempre les sale como habían previsto. Y nosotros tenemos el privilegio —o la indiscreción— de poder leer cómo lo intentaron.

Recomendado para...

Lectores interesados en Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, evidentemente, pero también para quienes disfrutan de eepistolarios, diarios, correspondencia de escritores y documentos íntimos que permiten observar la construcción de una vida desde dentro. Es especialmente recomendable si interesa la relación entre pensamiento y experiencia personal, porque pocas cosas resultan tan reveladoras como observar qué ocurre cuando una filosofía sobre la libertad tiene que enfrentarse a los celos, el deseo y la dependencia.

No sería mi primera recomendación para acercarse a Beauvoir si nunca has leído nada suyo. Pero sí me parece una lectura extraordinariamente fértil después de conocer, al menos mínimamente, a la autora y su pensamiento.

Porque entonces las contradicciones dejan de ser un inconveniente y se convierten en lo más interesante.

Y ahora tú...

Hay una pregunta que este libro deja flotando durante toda la lectura ¿Hasta qué punto queremos realmente que nuestros escritores nos dejen entrar en su vida privada?

Porque una cosa es admirar una obra y otra muy distinta descubrir cómo era la persona que la escribió cuando nadie estaba mirando.

Y en el caso de Beauvoir, además, aparece una segunda pregunta bastante más incómoda, ¿Podemos defender una idea de libertad y, al mismo tiempo, sufrir profundamente por las consecuencias de ejercerla?

Después de leer estas cartas, yo diría que sí.

Y quizá ahí esté precisamente la parte más humana —y más literaria— de todo el asunto.

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