Los oscurecimientos
Argumento
En un pueblo del sur argentino, casi a la vera de una frontera que nadie termina de ver, un grupo de adolescentes pasa sus días entre juegos, silencios y el rumor de que una guerra podría estallar en cualquier momento. La situación política externa —esa amenaza imprecisa que llega como noticia lejana— no se traduce en un combate real, pero sí penetra la vida cotidiana de todos: generando expectativas, miedos y tensiones.
Lo que empieza como fantasía —trazar líneas imaginarias de combate, construir trincheras, discutir estrategias— se va transformando en algo más profundo cuando los chicos encuentran un objeto que parece desprendido de otro tiempo, de otra lógica de violencia. Ese hallazgo actúa como un foco que concentra sus preguntas: ¿qué significa prepararse para algo que podría ocurrir pero no termina de hacerse visible? ¿De qué modo las historias que nos cuentan los mayores moldean lo que sentimos y pensamos?
Los oscurecimientos lleva al lector a ese umbral difuso entre la energía de la juventud y el peso de lo incierto, explorando cómo los miedos y las expectativas no siempre vienen de aquello que sucede, sino de lo que imaginamos que podría pasar.
Gooseopinión
Leer Los oscurecimientos es como observar un paisaje a contraluz: no se trata de ver lo evidente, sino de sentir cómo la luz y la sombra interactúan para revelar zonas donde las certezas se vuelven frágiles. La novela se sostiene en una intuición muy poderosa: lo que más nos marca no siempre es la violencia explícita, sino la anticipación de esa violencia, la forma en que nos enseñan a temer y a imaginar.
Tomás Sánchez Bellocchio no construye una historia guiada por la acción externa, ni tampoco por un conflicto bélico que estalle con bombas o balas. Su apuesta narrativa es más sutil —y a la vez más inquietante—: propone que la amenaza que nunca llega se convierte en materia para el pensamiento, la convivencia y la identidad de un grupo de jóvenes que todavía están aprendiendo quiénes son.
En ese sentido, la novela se siente íntima y colectiva al mismo tiempo. Hay escenas donde la voz de los personajes dialoga con sus silencios, y otras donde el paisaje patagónico —abierto, vasto, casi interminable— parece actuar como espejo de sus dudas y expectativas. Es notable cómo la tensión no surge de la violencia externa, sino de la manera en que las historias que se cuentan entre ellos y entre los adultos se filtran en la imaginación de quien todavía está en proceso de definirse. Eso convierte al libro en una exploración profunda de cómo la memoria, la historia y la fantasía pueden entrelazarse hasta volverse indistinguibles en el plano emocional.
Uno de los logros más alucinantes de Los oscurecimientos es cómo articula la frontera no solo como límite geográfico, sino como espacio de experiencia psicológica. Los personajes no están "del otro lado" ni "del mismo lado"; están en un punto intermedio, donde la percepción de la realidad se mezcla con la ficción que han construido para entenderla. Esa mezcla, lejos de ser confusa, se vuelve reveladora: nos muestra que los miedos más potentes no vienen de lo que sucede realmente, sino de lo que imaginamos que podría suceder.
La novela pone atención a los detalles que a menudo quedan fuera de las grandes narrativas: un silencio compartido, una decisión que se postergó, el peso de una mirada que no se entiende del todo. Y a partir de esos detalles, construye una tensión que crece sin estridencias, de manera casi discreta, hasta convertirse en una presencia constante en la lectura.
Lo que Bellocchio propone es menos una historia de guerra y más una reflexión sobre la herencia emocional de los relatos sociales. ¿Cómo internalizamos las narrativas que nos rodean? ¿Qué ocurre cuando una amenaza que nunca se concretó sigue marcando cómo nos relacionamos entre nosotros? Los oscurecimientos no ofrece respuestas cerradas, sino que abre espacios de reflexión donde lo personal y lo colectivo terminan por influirse mutuamente.
Deja una sensación duradera: la idea de que la oscuridad no está afuera, sino en los intersticios de nuestras propias certezas. No es la noche la que acecha; es la duda que se instala en nosotros cuando dejamos de lado la seguridad del juego y empezamos a mirar el mundo con la complejidad que realmente tiene.
Una novela delicada, profunda y emocionalmente compleja. Los oscurecimientos no solo cuenta una historia; propone un modo de leer el mundo desde la incertidumbre y la imaginación, mostrando que los miedos que no se hacen visibles pueden ser tan formativos como los que sí se ven. Ideal para lectores que buscan una literatura que cuestione sin simplificar y que revele lo humano en sus matices más sutiles.
