Somos Infinitos: cuando la literatura romántica dejó de caber en una pantalla

21.09.2026

Penguin Romántica convierte su comunidad digital en un encuentro presencial que reunió en Madrid a más de mil lectoras y 28 autoras y autores

Hay algo particularmente revelador en ver una comunidad digital ocupar un espacio físico, sobre todo cuando esa comunidad se ha construido alrededor de algo tan íntimo como la lectura, una actividad que durante siglos hemos asociado con el silencio, la intimidad y ese momento en el que un lector se queda a solas con una historia.

Durante años, la literatura romántica ha crecido precisamente en las pantallas; vídeos de recomendaciones, cuentas de Instagram, conversaciones sobre personajes, listas de lecturas pendientes, etiquetas que clasifican historias en unos pocos segundos y lectoras que convierten una novela en una experiencia compartida mucho antes de encontrarse con quien la ha escrito. El fenómeno parece suceder en el teléfono, en el algoritmo, en ese territorio aparentemente intangible donde una recomendación puede hacer que miles de personas incorporen un mismo libro a su lista de pendientes.

El 20 de septiembre, en Madrid, esa comunidad salió de la pantalla.

El Gran Teatro CaixaBank Príncipe Pío abrió sus puertas para la primera edición de Somos Infinitos, el festival de literatura romántica impulsado por Penguin Random House Grupo Editorial, y durante seis horas el edificio dejó de ser simplemente un teatro para convertirse en un punto de encuentro entre lectoras, autoras, libros y todo aquello que sucede alrededor de ellos.

No era una presentación editorial al uso, pero tampoco una feria del libro reducida a unas horas. Hubo firmas, encuentros y novedades editoriales, pero también espacios de creación, propuestas vinculadas al audiolibro, talleres y una colección de stands y experiencias de marcas que convertían el recorrido por el teatro en algo más parecido a una pequeña ciudad literaria en la que cada esquina proponía una actividad diferente.

Como medio acreditado de comunicación y prensa, desde Gooseando / Noticias Literarias estuvimos allí para comprobar qué sucede cuando una comunidad que hasta ahora se había construido fundamentalmente en internet se encuentra cara a cara.

Y lo primero que quedó claro es que, cuando se habla de literatura romántica, hablar únicamente de libros resulta insuficiente.

Seis horas para demostrar que leer también es encontrarse

El festival comenzó a las 15:00 horas y se prolongó hasta las 21:00, con un programa que reunía a 28 autoras y autores vinculados a la literatura romántica, la fantasía romántica y el new adult, entre ellos Alexandra Monet, Mia Faraday, David Olivas, Aiguadvalencia, Lucía Cerezo, C. A. Todorova, Eloy Cobera, Esmeralda Romero, Alba Zamora, Violeta Julbe, Sara Hernández, Alicia Catalán, Raquel Villaamil, Violeta Reed, Samara Cadenas, Zoe P. de Félix, Iria G. Parente, Selene M. Pascual, Alicia Guelbenzu, Sélpide San Luis, Carlos Azorín, S. J. García, Rebeca Domenech, Rebeca Stones, Alba Seoane, Carla F. Aguilar, Daniel Barbadillo y Mireia Cosano.

Pero el cartel era solamente una parte de lo que sucedía dentro. El libro estaba alrededor de todo, desde las mesas de firmas y los espacios dedicados a las autoras hasta las conversaciones espontáneas entre lectoras, las fotografías, las recomendaciones y ese movimiento constante de personas que llegaban con un ejemplar en la mano y salían con otro, o que aprovechaban la espera entre una actividad y otra para descubrir qué ofrecía el siguiente espacio.

Aquí la propuesta adquiría una dimensión diferente, porque Penguin Romántica no quiere limitarse a reproducir el esquema de «autor habla de su libro y lector escucha», sino construir una experiencia en la que la literatura fuera el centro de un ecosistema mucho más amplio.

La lectura, en Somos Infinitos, no terminaba cuando se cerraba un libro. Continuaba en la conversación.

Cuando el teatro se convierte en un pequeño universo lector

Una de las cosas que más llamaba la atención al recorrer el festival era precisamente esa voluntad de llenar el espacio con propuestas diferentes, hasta el punto de que los stands no funcionaban simplemente como lugares donde recoger publicidad o conocer una marca, sino como pequeñas estaciones dentro del recorrido.

Penguin Audio tenía su propio espacio, recordando que las historias también pueden escucharse y que el crecimiento de los audiolibros ha abierto otra puerta de entrada a la literatura, mientras Cursiva, la escuela de escritura y edición de Penguin Random House, trasladaba al festival el otro lado del proceso: si allí estaban quienes leen las historias, también estaba la posibilidad de acercarse a quienes algún día quieran escribirlas.

A partir de ahí, el recorrido se alejaba deliberadamente de lo estrictamente editorial.

Kiko Milano llevaba el universo del maquillaje al terreno de las protagonistas y de esa estética de «main character energy» tan vinculada a las comunidades lectoras actuales; Fotoprix permitía imprimir fotografías y convertirlas en puntos de libro personalizados, transformando una imagen tomada durante la jornada en un recuerdo que podía acabar, literalmente, dentro de la próxima novela que se leyera; y Singularu aportaba el componente de joyería, con premios y sorteos que introducían esa pequeña dosis de juego y sorpresa que también forma parte de la experiencia de este tipo de encuentros.

En otros puntos del recorrido aparecían las propuestas gastronómicas y de bebida, desde Oki Doki, con sus matcha latte, hasta Goconut, con sus bebidas a base de coco, además de Solán de Cabras, como agua oficial del festival, y Imagin, que acompañaba una jornada cuyo concepto central era precisamente transformar una comunidad nacida en digital en una experiencia presencial.

Incluso había espacio para el misterio y el juego simbólico con Estefanía Tarot Evolutivo, que realizaba lecturas breves de tarot, y para Bastardo, el hostel y espacio cultural madrileño que se incorporaba a la experiencia con descuentos para las asistentes.

Vistos por separado, algunos de estos elementos podrían parecer alejados de una jornada literaria; juntos, sin embargo, explicaban bastante bien qué tipo de festival quería ser Somos Infinitos.

No se trataba únicamente de celebrar novelas.

Se trataba de celebrar la cultura que se ha construido alrededor de ellas.

La literatura como territorio compartido

El concepto de comunidad no es nuevo en literatura. Los clubes de lectura, las librerías, las ferias y los festivales llevan décadas demostrando que leer no tiene por qué ser una actividad solitaria, pero lo que sí ha cambiado radicalmente es la velocidad y la dimensión que puede alcanzar esa comunidad cuando dispone de las herramientas de las redes sociales.

Somos Infinitos nació precisamente en ese ecosistema. La comunidad digital vinculada a Penguin Libros supera los 270.000 seguidores entre Instagram y TikTok, según los datos difundidos por la propia organización, y el festival suponía el paso de esa comunidad virtual a un encuentro físico.

Pero convertir seguidores en asistentes era una operación bastante más compleja que trasladar una cuenta de redes sociales a un teatro. Había que comprobar si detrás de las visualizaciones existía algo más.

La respuesta llegó incluso antes de que se conociera completamente el cartel, una parte importante del aforo se había vendido anticipadamente cuando todavía no se habían anunciado todos los nombres, un dato que desde Penguin Random House interpretaron como una señal de que ya no estaban trabajando únicamente con una audiencia digital, sino con una comunidad que tenía interés real en encontrarse, modificándose la relación tradicional entre lector y editoria. Aquí el lector no aparece únicamente al final de la cadena, cuando compra un libro, participa antes, recomienda, descubre, comenta, comparte, genera conversación, construye expectativas y, finalmente, aparece físicamente en un espacio para conocer a quienes escriben las historias que ha estado siguiendo desde la pantalla.

Del «me gusta» a la persona que tienes delante

Existe una diferencia enorme entre saber que alguien ha leído tu libro y encontrarte con esa persona, porque la primera información puede llegar en forma de comentario, mensaje privado, reseña, vídeo o número de reproducciones, mientras que la segunda tiene rostro, voz y una historia propia detrás.

La escritora Alba Zamora explicaba después del festival que el encuentro presencial permite comprobar que detrás de un comentario o de un «me gusta» existe realmente una persona que ha leído, y esa transformación de una cifra o una interacción digital en una conversación cara a cara constituye probablemente una de las claves menos visibles, pero más importantes, de este tipo de eventos.

Las redes han desmaterializado buena parte de la relación entre autor y lector. El escritor puede recibir cientos de reacciones sin llegar a conocer prácticamente a ninguna de las personas que las producen, mientras que el lector puede sentir una enorme cercanía con una autora cuya vida y trabajo sigue diariamente sin haber cruzado jamás una palabra con ella.

Una firma rompe esa distancia, una conversación la rompe todavía más, y cuando cientos de personas hacen lo mismo durante una tarde, la comunidad deja de ser una abstracción y se vuelve visible.

El fenómeno romántico ya no necesita pedir permiso

Uno de los aspectos más interesantes de la jornada tiene menos que ver con las actividades concretas que con el propio hecho de que el festival pudiera existir y esto es una parte que a mi, personalmente, me interesa muchísimo.

La literatura romántica no es nueva, como tampoco lo son la fantasía o las historias de amor, pero lo que ha cambiado es su posición dentro de la conversación cultural y, sobre todo, la dimensión que ha adquirido un fenómeno lector que durante mucho tiempo fue contemplado desde cierta distancia por otros sectores del mundo literario.

Durante años, determinados géneros asociados mayoritariamente al público femenino han cargado con la obligación de demostrar constantemente que merecían ser considerados literatura, mientras que otros podían ocupar espacios culturales sin necesidad de justificar de la misma manera la naturaleza de sus lectores o el tipo de historias que contaban.

Hoy la situación es diferente.

Las cifras de lectura, las comunidades digitales y el peso comercial del género han hecho imposible ignorar su dimensión, aunque eso no significa que hayan desaparecido todos los prejuicios que históricamente lo han acompañado.

De hecho, una de las conversaciones que deja Somos Infinitos es precisamente esa: el éxito comercial no elimina automáticamente el prejuicio cultural.

Carmen Ospina, directora de Marketing, Comunicación y Desarrollo de Negocio de Penguin Random House Grupo Editorial, y Alba Zamora han hablado de esa tensión entre el enorme crecimiento del género y los prejuicios que todavía persisten alrededor de determinadas formas de literatura romántica.

La diferencia, quizá, está en que quienes leen romántica ya no parecen especialmente interesados en disculparse por hacerlo. Y eso también es una transformación cultural.

El lector como prescriptor

Hay otro cambio profundo que el festival permite observar, la pérdida de exclusividad de los intermediarios tradicionales.

Durante décadas, la legitimación de un libro pasaba fundamentalmente por suplementos culturales, crítica, librerías, medios especializados o recomendaciones dentro del propio entorno lector. Ahora existe otro circuito en el que miles de lectores se han convertido en prescriptores y en el que una recomendación puede alcanzar en cuestión de horas a una comunidad enorme.

BookTok y Bookstagram han convertido a miles de lectores en voces capaces de transmitir algo que los datos de ventas no explican: qué les ha hecho sentir una historia.

No necesariamente se trata de una valoración crítica ni pretende serlo. Muchas veces la recomendación funciona precisamente desde otro lugar: desde la emoción, la identificación y el entusiasmo compartido.

«Esto me ha destrozado». «Necesitas leerlo». «No puedo dejar de pensar en este personaje». «Este es mi enemies to lovers favorito».

La recomendación entre iguales tiene una capacidad de identificación difícil de reproducir mediante una campaña publicitaria convencional, y Ospina señalaba precisamente esa confianza como uno de los elementos fundamentales de la prescripción actual. El lector ha dejado de ser únicamente receptor. También es altavoz.

Pero hay una segunda cara: cuando la historia empieza a venderse antes de escribirse

Una de las cuestiones más interesantes que deja Somos Infinitos; porque el mismo ecosistema que ha dado una visibilidad extraordinaria a la literatura romántica también está modificando la manera en la que se venden y se consumen las historias.

Enemies to lovers. Friends to lovers. Slow burn. Love triangle.

Las etiquetas ayudan a encontrar una historia, permiten que el lector sepa rápidamente qué puede esperar de ella y facilitan la conversación dentro de las comunidades digitales, pero también pueden convertirse en una trampa cuando el lector deja de buscar una novela que contiene determinado recurso narrativo y empieza a buscar directamente el recurso como si fuera el producto.

Alba Zamora apuntaba precisamente a esa tensión al hablar de cómo determinados tropos pueden terminar convirtiéndose en el principal reclamo de una novela, hasta el punto de que la etiqueta comienza a funcionar como una promesa de consumo.

La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

Porque una cosa es utilizar una categoría narrativa para orientar al lector y otra que esa categoría termine sustituyendo a la propia historia.

Cuando el mercado aprende qué etiquetas funcionan, las etiquetas empiezan a reproducirse, y entonces surge una pregunta inevitable: ¿estamos ante una nueva forma de facilitar la lectura y encontrar exactamente aquello que buscamos, o ante una manera de homogeneizar progresivamente las historias que llegan al lector?

No hay una respuesta sencilla, y probablemente tampoco tenga que haberla, pero resulta interesante que un festival que celebra precisamente esta comunidad permita observar también las reglas que la están construyendo.

La escritora que también tiene que ser creadora de contenido

El festival me deja otra contradicción especialmente contemporánea.

Las redes han democratizado el acceso a los lectores y han permitido que muchas voces encuentren un público que antes resultaba prácticamente inaccesible, pero también han creado una nueva exigencia, ya no basta necesariamente con escribir, porque hay que estar, publicar, mostrar, responder, recomendar, construir comunidad y mantenerla, convirtiéndose en definitiva en parte de la maquinaria de promoción de la propia obra.

Zamora señalaba esa presión y recordaba que los escritores son escritores, no comerciales, al hablar de la exigencia que supone mantener una presencia digital constante para que un libro tenga visibilidad. Y esta cuestión debería formar parte de cualquier conversación seria sobre el futuro de la literatura.

Porque si las redes permiten descubrir autores que quizá nunca habrían encontrado espacio en los circuitos tradicionales, también pueden generar una nueva forma de presión profesional, aquella en la que el escritor tiene que convertirse simultáneamente en autor, creador audiovisual, prescriptor y, en muchos casos, responsable de una parte importante de la promoción de su propia obra.

La paradoja es evidente. La comunidad ayuda a vender libros, pero también exige una presencia permanente para sostenerla.

Mucho más que una firma

En Somos Infinitos, las firmas tuvieron un peso evidente. Al fin y al cabo, encontrarse con las autoras y conseguir una dedicatoria era uno de los grandes reclamos de la jornada, pero reducir el festival a una sucesión de colas para conseguir una firma sería quedarse en la superficie de lo que estaba ocurriendo allí.

Había una voluntad clara de convertir la experiencia lectora en algo físico, y por eso tenía sentido que alrededor de los libros aparecieran maquillaje, bebidas, fotografía, joyas, tarot, espacios de escritura, audiolibros o propuestas vinculadas al ocio. No era una casualidad ni un conjunto arbitrario de patrocinadores colocados alrededor de las actividades principales. Era una representación bastante precisa de cómo se vive actualmente una determinada forma de lectura.

La lectura romántica contemporánea no termina en la última página.

Continúa en la estética, en las conversaciones, en las recomendaciones, en la fotografía, en las comunidades digitales, en los personajes favoritos, en los tropos, en los vídeos, en los encuentros y en la posibilidad de reconocerse en otras personas que sienten la misma fascinación por determinadas historias.

El festival entendió ese fenómeno y lo convirtió en formato.

Una cuestión de escala

Resulta muy significativo el lugar elegido. El Gran Teatro CaixaBank Príncipe Pío no es una librería ni una pequeña sala de presentaciones; es un espacio capaz de recibir a un público numeroso y convertir la literatura en un acontecimiento, y esa elección física ya decía algo sobre la escala que Penguin Random House quería otorgar a esta primera edición.

El Ayuntamiento de Madrid apoyó la iniciativa y la inauguración contó con la presencia de Marta Rivera de la Cruz, delegada del Área de Cultura, Turismo y Deporte, y de Núria Cabutí, CEO de Penguin Random House Grupo Editorial.

La elección de Madrid tampoco es anecdótica. La capital concentra editoriales, librerías, autores, presentaciones y una actividad cultural permanente, pero también funciona como punto de encuentro para lectores procedentes de otras ciudades. La literatura romántica, que durante años pudo parecer una conversación fragmentada entre lectoras y comunidades digitales, ocupó durante unas horas un espacio cultural de gran formato, cambiando la percepción del fenómeno.No porque el género necesite demostrar que existe. Sino porque demuestra hasta qué punto ha crecido.

Lo que queda cuando se apagan las pantallas

Lo curioso de todo es que el nombre del festival terminó siendo más apropiado de lo que parecía antes de entrar.

Somos Infinitos habla de comunidad, y una comunidad no se mide únicamente por el número de seguidores, sino por lo que ocurre cuando esos seguidores dejan de ser una cifra y aparecen, hacen cola, llevan un libro bajo el brazo, esperan para conocer a una autora, se recomiendan una lectura, se hacen una fotografía o hablan con alguien que hasta ese momento era un desconocido y descubren que comparten personaje favorito, tropo narrativo o una novela que les ha hecho llorar.

Eso fue, en último término, lo que pudo verse el 20 de septiembre en Príncipe Pío.

La literatura romántica no necesitaba una fiesta para demostrar que tiene lectores. Lo que hizo Penguin Romántica fue algo diferente: darle un lugar físico a una comunidad que llevaba años demostrando su existencia en internet. Y esta es la verdadera noticia.

No que más de mil personas hayan acudido a un festival de literatura romántica, sino que una forma de leer que nació, en buena medida, en la intimidad de las pantallas ha alcanzado ya una dimensión suficiente para reclamar un escenario, un teatro y una tarde entera.

El romance salió de las páginas. Después salió de las redes.

Y el domingo 20 de septiembre, durante seis horas, se convirtió en un lugar al que se podía entrar.

Esto también está pasando en la literatura.

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