The wind in the willows

Autor: Kenneth Grahame
Editorial: Puffin Classics
Número de páginas: 245
ISBN: 9780141321134
Categoría: 📚 Clásico infantil · literatura fantástica · novela de animales · aventura · amistad · naturaleza · coming-of-age
Valoración: ✰✰✰✰✰
Argumento
Hay pocas cosas más peligrosas que decirle a una criatura que debería quedarse tranquilamente en casa. Porque entonces, naturalmente, saldrá disparada hacia la aventura.
Eso es exactamente lo que ocurre con Mole, que abandona por un rato la limpieza de su madriguera y acaba descubriendo el río, donde conoce a Ratty. A partir de ahí entra en un pequeño universo habitado por animales antropomórficos que, aunque viven en madrigueras, riberas, bosques y grandes casas de campo, tienen preocupaciones sorprendentemente humanas: la amistad, el hogar, la aventura, la irresponsabilidad, la nostalgia y esa necesidad bastante difícil de explicar de salir de nuestra rutina para descubrir qué hay más allá.
Ratty es tranquilo, sociable y feliz junto al río; Mole es más inocente y curioso; Badger vive apartado en su casa del bosque y representa una especie de autoridad tranquila y ancestral. Y luego está Toad.
Toad, naturalmente, es otra cosa.
Rico, impulsivo, caprichoso y absolutamente incapaz de resistirse a cualquier novedad, Toad se enamora sucesivamente de los automóviles, de la velocidad y de cualquier idea que se le ocurra en el preciso momento en que se le ocurre. El problema es que sus entusiasmos suelen tener consecuencias bastante desastrosas, lo que obliga a sus amigos a intentar rescatarlo de sí mismo una y otra vez.
Pero reducir The Wind in the Willows a las aventuras de cuatro animales sería quedarse en la superficie. Porque debajo de esa historia aparentemente sencilla hay un libro profundamente preocupado por el hogar, la amistad y la tensión entre permanecer y marcharse. El río, el bosque y las casas no son simplemente escenarios: son lugares que representan distintas maneras de vivir.
Y eso es lo que hace que un libro publicado en 1908 siga resultando tan extraordinariamente vivo.
Gooseopinión
Voy a reconocer algo de entrada: no recordaba que este libro fuese tan raro. Y digo «raro» como un elogio, porque cuando pensamos en The Wind in the Willows solemos pensar en un clásico infantil amable: animalitos vestidos, casas acogedoras, un río, un bosque, aventuras y esa estética inglesa que parece pedir a gritos una ilustración antigua y una taza de té al lado. Y sí. Todo eso está. Pero también hay algo bastante más extraño debajo, porque Kenneth Grahame escribió un libro que puede leerse como literatura infantil, pero que tiene una melancolía, una oscuridad y una complejidad emocional que no parecen estar especialmente interesadas en limitarse a los lectores pequeños. De hecho, creo que una de las mejores maneras de leerlo hoy es dejar de intentar decidir si es un libro infantil o un libro para adultos. Es ambas cosas. Y, al mismo tiempo, ninguna. Los niños pueden quedarse con la aventura. Los adultos empiezan a sospechar que el libro está hablando de otra cosa. La primera gran sorpresa es el paisaje. Porque aquí la naturaleza no es simplemente un decorado bonito. El río importa. El bosque importa. Las estaciones importan. El cambio de clima, la luz, el frío, el calor, las tardes, las madrugadas, las casas y los caminos tienen una presencia constante que hace que el libro tenga una dimensión casi sensorial.
Grahame entiende perfectamente algo que muchos libros infantiles olvidan: que un paisaje puede tener personalidad. El río es movimiento, curiosidad, libertad. El bosque es refugio, misterio y permanencia. La madriguera es hogar. Y el mundo exterior es la promesa constante de algo que todavía no conocemos. Mole descubre el río y, con él, descubre una vida distinta de la que conocía. No necesita una gran tragedia para cambiar. Simplemente sale de casa. Y eso, en cierto modo, es todo lo que hace falta. Porque The Wind in the Willows es también un libro sobre descubrir que existe un mundo más grande que aquel en el que hemos vivido hasta entonces. Y después está Ratty.
Ratty me parece uno de los personajes más bonitos del libro porque representa algo que parece sencillo y que, sin embargo, no lo es tanto: saber disfrutar de donde estás. Ratty ama el río. Le gusta navegar. Le gusta la compañía. Le gusta conversar. Le gusta su casa. No necesita convertirse en otra persona para considerar que su vida merece la pena. Y frente a él tenemos a Toad, que necesita constantemente la siguiente cosa. El siguiente coche. La siguiente aventura. La siguiente obsesión. La siguiente manera de demostrar que está vivo. Y aquí el libro empieza a adquirir una dimensión bastante más adulta. Porque Toad es divertidísimo, pero también es agotador. Y detrás de su comicidad hay algo que todos reconocemos: esa incapacidad para estar satisfecho con lo que tienes porque siempre hay algo nuevo que parece imprescindible. Toad no quiere un automóvil, quiere el automóvil siguiente. Y cuando consigue algo, inmediatamente necesita otra cosa, es una caricatura, pero una caricatura bastante incómodamente reconocible. Y, por supuesto, Toad se convierte en el gran motor cómico de la novela. Es un personaje absolutamente desastroso. Tiene dinero, tiene una casa maravillosa, tiene amigos que lo quieren y, aun así, consigue meterse en problemas con una eficacia extraordinaria. Lo maravilloso es que Grahame no lo convierte en un villano. Toad es egoísta. Es irresponsable. Es infantil. Es insoportable. Y también es encantador. Porque el libro no está interesado en castigar la imperfección hasta destruir al personaje. Toad se equivoca, cae, vuelve a equivocarse y, finalmente, necesita aprender algo, pero tampoco aprende de una manera limpia y ejemplar.
Y eso me gusta muchísimo.
Porque los personajes no parecen diseñados para enseñarnos una moraleja. Parecen personas. Bueno. Animales. Pero ya me entendéis. La amistad entre los personajes es, probablemente, el verdadero corazón del libro. Y aquí aparece algo que me parece muy bonito: los amigos no tienen que parecerse para quererse. Mole y Ratty son diferentes. Badger es diferente de los dos. Toad es directamente un problema logístico. Y, sin embargo, existe entre ellos una lealtad que no necesita demasiadas explicaciones. Pueden enfadarse. Pueden juzgarse. Pueden intentar impedir que Toad haga alguna estupidez por decimoquinta vez, pero cuando realmente importa, están ahí, eso convierte la novela en algo mucho más cálido de lo que podría parecer cuando nos fijamos solamente en sus aventuras, porque el verdadero lugar seguro del libro no es necesariamente una casa. Es la amistad. Y luego está Badger.
Badger merece una mención aparte porque aporta al libro una dimensión casi mitológica. Vive apartado. No necesita demasiado contacto con el mundo. Conoce el bosque y sus reglas. Es una figura de autoridad, pero no porque tenga que demostrarlo constantemente. Simplemente parece saber cosas. Y cuando los demás lo necesitan, aparece. Su casa representa algo muy diferente a la aventura de Toad o al río de Ratty. Es un espacio de permanencia, de raíces, de memoria.
Y ahí empieza a aparecer una de las grandes tensiones de la novela: ¿queremos salir al mundo o queremos volver a casa? La respuesta de Grahame parece ser: las dos cosas. Y probablemente esa sea una de las razones por las que el libro ha sobrevivido tan bien. Porque The Wind in the Willows tiene una estructura curiosa. No es una novela de aventuras convencional en la que todo esté construido alrededor de una única misión. Hay episodios. Encuentros. Historias dentro de la historia. Momentos de absoluta aventura y otros en los que aparentemente no sucede nada. Y, sin embargo, precisamente esos momentos tranquilos son algunos de los más importantes. Una comida. Una conversación. Una tarde junto al río. Una casa caliente. Un paseo. El regreso. La sensación de estar donde uno pertenece. Grahame sabe que una vida no está hecha únicamente de acontecimientos. También está hecha de pausas. Y quizá por eso el libro tiene esa cualidad tan particular de lectura lenta, incluso cuando está contando aventuras.
Hay, además, una cierta nostalgia que atraviesa todo el texto. No una nostalgia sentimental y evidente, sino algo más difícil de definir. Una sensación de que el mundo cambia. De que las estaciones pasan. De que las aventuras terminan. De que crecer significa dejar algunas cosas atrás y que volver a casa nunca significa exactamente regresar al mismo lugar. Eso hace que, leído de adulto, el libro tenga una resonancia diferente. De pequeño puedes querer ser Toad. O navegar con Ratty. O vivir en una madriguera. De adulto quizá entiendes mejor a Badger. Y quizá entiendes también algo de Mole: esa mezcla de entusiasmo y miedo que aparece cuando descubrimos que el mundo es mucho más grande de lo que pensábamos.
Y hay otra cosa que me ha gustado especialmente: Grahame no subestima al lector infantil. El lenguaje, el humor y las situaciones pueden ser accesibles, pero el libro no está constantemente explicando qué debemos sentir. No hay una moraleja subrayada. No hay personajes que sean simplemente «buenos» o «malos». No hay una necesidad permanente de convertir cada aventura en una lección. Hay ironía. Hay referencias culturales. Hay humor bastante sofisticado. Y hay una cierta oscuridad. Incluso la aventura de Toad tiene momentos en los que la historia se vuelve más seria de lo que uno espera de un libro protagonizado por animales.
Eso, para mí, es parte de su grandeza.
La introducción de Brian Jacques también resulta una buena puerta de entrada a esta edición, especialmente porque Jacques conocía perfectamente la tradición de la literatura protagonizada por animales y escribió, además, una de las grandes sagas contemporáneas dentro de ese territorio. Su presencia aquí establece un bonito puente entre dos generaciones de lectores y dos maneras de entender este tipo de literatura. Porque The Wind in the Willows no es simplemente uno de los antecedentes de la literatura animal moderna. Es uno de sus textos fundamentales. Y después de leerlo cuesta no entender por qué tantos autores posteriores han vuelto una y otra vez a esa mezcla de animales humanizados, paisaje, aventura y comunidad. Pero creo que hay que hablar también de lo que no funciona igual de bien para un lector contemporáneo. El ritmo puede resultar irregular.
Hay capítulos que avanzan con una energía maravillosa y otros que se detienen bastante más de lo que probablemente esperaría un lector acostumbrado a una narrativa infantil contemporánea. Y algunas referencias culturales o determinadas formas de representar el mundo pertenecen claramente al momento histórico en el que fue escrito. No creo que haya que intentar borrar esas diferencias. Al contrario. Forman parte de la experiencia de leer un clásico. The Wind in the Willows no tiene que comportarse como un libro escrito ayer. Precisamente queremos que nos enseñe cómo se escribía, cómo se imaginaba la infancia y cómo se construía una historia de animales en la Inglaterra de comienzos del siglo XX. Y quizá lo que más me gusta es que, al final, el libro no trata realmente de animales. O no solamente. Trata de esa cosa bastante complicada que llamamos hogar. De lo que significa tener un lugar al que volver. De la amistad. De la tentación de salir corriendo detrás de la próxima novedad. De la necesidad de aprender a quedarse. Y de la posibilidad de marcharse y regresar siendo otra persona. Por eso sigue funcionando. Porque puedes quitarle los animales, el río, las madrigueras y los automóviles y todavía queda una historia que reconocemos.
Solo que, sinceramente, con animales es muchísimo mejor.
Recomendado para...
Lectores que quieran volver a los clásicos infantiles desde una perspectiva adulta y descubrir que muchos de ellos contienen bastante más de lo que recordábamos. También para lectores amantes de la literatura británica, las historias de animales, la naturaleza, los libros de aventuras y esas novelas en las que el paisaje acaba convirtiéndose en un personaje más.
Es especialmente recomendable si disfrutáis de una literatura infantil que no trata al lector como si fuese tonto y que permite que una historia tenga humor, aventura, melancolía y zonas más oscuras sin necesidad de explicarlo todo.
Y, naturalmente, para cualquiera que alguna vez haya querido vivir en una casa junto al río.
Aunque quizá convenga aclarar que, si os identificáis con Toad, probablemente vuestros amigos tendrán que vigilaros de cerca.Y ahora tú...
Si pudieras elegir dónde vivir dentro del universo de The Wind in the Willows, ¿qué escogerías? ¿La madriguera acogedora de Mole? ¿Una casa junto al río como Ratty? ¿El refugio de Badger en el bosque? ¿O eres más de Toad y necesitas urgentemente un coche nuevo, una aventura absurda y probablemente que alguien venga a sacarte del lío después?
Yo, sinceramente, quiero la casa junto al río. La parte de navegar, comer bien y recibir visitas me parece perfecta. Lo de tener que perseguir a Toad por medio de Inglaterra, ya si eso, que lo hagan los demás.