Última escala

22.10.2026

Autor: Santi Fernández Patón

Editorial: Carpenoctem

Número de páginas: 325

ISBN: 9788412929393

Categoría: 🚌 Novela contemporánea · ruptura, memoria, precariedad y crisis de la madurez

Valoración: ✰✰✰✰

Nota: esta reseña incluye enlaces de afiliado.

Argumento

En el verano de 2020, cuando todavía estábamos intentando aprender a vivir dentro de una realidad que había cambiado de un día para otro, un hombre presencia en Hendaya una escena que parece sencilla y que, sin embargo, va a cambiarlo todo: Miriam, la mujer con la que ha compartido seis años, sube a un autobús y se marcha.

A partir de ese momento, la novela se adentra en las consecuencias de esa separación, pero no desde la reconstrucción convencional de una historia de amor rota. La desaparición de Miriam abre una especie de agujero en el presente desde el que el narrador comienza a revisar su propia historia, la relación que acaba de terminar, los vínculos familiares, las experiencias sentimentales que lo han llevado hasta allí y también las condiciones materiales de una generación que ha aprendido a vivir con una cierta sensación de provisionalidad.

El viaje, la memoria y la ruptura se van entrelazando en una narración que utiliza la crisis de los cuarenta como punto de partida para hablar de algo más amplio, qué ocurre cuando las explicaciones que nos hemos contado sobre nuestra propia vida dejan de servirnos. En ese proceso aparecen el desarraigo, la precariedad, la herencia emocional y la posibilidad —no siempre cómoda ni evidente— de empezar de nuevo.

Todo sucede bajo la sombra de la pandemia, en ese extraño intervalo de 2020 en el que muchas certezas personales y colectivas quedaron suspendidas. Y por eso la separación de Miriam termina teniendo una dimensión mayor, mientras el mundo entero intenta descubrir qué viene después, el narrador también tiene que averiguar qué hacer con su propia vida cuando lo que creía estable ya no lo es.

Gooseopinión

Conocemos rupturas que terminan una relación y rupturas que, además, obligan a revisar la versión que uno tenía de sí mismo. Última escala es de las segundas. Lo que interesa de esta novela no radica solamente en saber por qué Miriam se marcha o qué ocurrirá después, sino en observar qué sucede cuando una persona pierde de golpe una de las estructuras alrededor de las cuales había organizado su vida y descubre que, debajo de ella, hay un montón de preguntas que llevaba bastante tiempo evitando.

La elección del verano de 2020 como escenario resulta especialmente significativa. No estamos ante una historia de ruptura colocada casualmente en plena pandemia, porque aquel momento histórico ya contenía una sensación muy concreta de interrupción. Habíamos pasado de imaginar el futuro con cierta normalidad a no saber siquiera cuándo podríamos abrazar a alguien, viajar o hacer planes para dentro de unas semanas. Todo parecía provisional. En ese contexto, una despedida adquiere otra dimensión, no solo se marcha una persona, también desaparece la ficción de que sabemos cómo va a ser lo que viene después, encontrando la narración, en este punto, uno de sus territorios más interesantes. La crisis de los cuarenta no aparece simplemente como esa caricatura del adulto que descubre de repente que el tiempo pasa y necesita comprarse una moto, sino como un momento de balance. ¿Qué hemos hecho con lo que teníamos? ¿Cuánto de nuestra vida hemos elegido realmente y cuánto hemos ido aceptando porque era lo que tocaba? ¿Qué heredamos de nuestra familia sin darnos cuenta? ¿Qué aprendimos sobre el amor antes incluso de tener una relación propia? Son preguntas incómodas porque no tienen una respuesta que pueda solucionarse cambiando de trabajo, de ciudad o de pareja.

El componente generacional juega un papel importante. Nos encontramos con una sensación de inestabilidad que atraviesa la historia y que va mucho más allá de una crisis sentimental. La precariedad, el desarraigo y esa dificultad para construir una idea sólida de futuro forman parte de una experiencia compartida por muchas personas que han tenido que aprender a vivir aplazando certezas. La estabilidad dejó de ser algo que se alcanzaba y pasaba a parecer, en demasiadas ocasiones, una especie de privilegio temporal. Eso hace que el viaje funcione como una forma de mirar hacia atrás. El narrador no puede limitarse a contar lo que le está ocurriendo ahora porque necesita reconstruir el camino que lo ha llevado hasta allí. La memoria familiar y sentimental aparecen entonces no como una colección de recuerdos decorativos, sino como piezas de un mecanismo que ayuda a entender por qué somos capaces de repetir determinadas formas de relacionarnos, de huir de determinadas cosas o de buscar en otras personas aquello que no sabemos proporcionarnos nosotros mismos.

Resulta interesante esa idea de los relatos que construimos para poder soportar nuestra propia biografía. Todos necesitamos contarnos una historia sobre quiénes somos y por qué hemos llegado hasta donde estamos. El problema aparece cuando sucede algo que no encaja en esa narración. Entonces toca volver atrás, mirar las escenas que creíamos tener claras y descubrir que quizá no las habíamos entendido del todo. Una ruptura puede ser dolorosa por la pérdida de una persona, pero también porque desmonta la versión de nosotros mismos que existía dentro de esa relación. La novela no nos plantea necesariamente la segunda oportunidad como una recompensa después del sufrimiento; uno de sus aciertos. Empezar de nuevo no significa borrar lo anterior ni convertirse mágicamente en otra persona; a veces consiste simplemente en aceptar que la vida que habíamos imaginado ya no está disponible y que toca averiguar qué hacemos con la que sí tenemos. Hay algo bastante adulto —y bastante poco complaciente— en esa idea.

Última escala es una novela sobre una despedida que termina hablando de muchas otras, de las personas que dejamos atrás, de las expectativas que abandonamos, de las versiones de nosotros mismos que ya no podemos sostener y de una determinada idea de futuro que quizá nunca llegó a existir como pensábamos. Por eso el autobús de Hendaya importa tanto. No solo porque Miriam se suba a él, sino porque, desde ese momento, el narrador se queda en un lugar desde el que ya no puede seguir mirando hacia otro lado.

Recomendado para...

Lectores que disfrutan de las novelas íntimas en las que una historia personal termina abriendo preguntas más amplias sobre una generación, la familia y la forma en que construimos nuestra identidad. También para quienes buscan una narrativa reflexiva sobre las rupturas, la madurez y esas etapas de la vida en las que uno descubre que empezar de nuevo no siempre significa empezar desde cero.


A veces una ruptura no acaba con una historia, acaba con la versión de nosotros mismos que necesitábamos para seguir creyendo en ella.

El veredicto de Halford

Yo solo digo que hay que tener mucho cuidado con los autobuses. Uno puede pensar que está viendo a alguien marcharse y, cuando quiere darse cuenta, resulta que el que se ha ido a paseo es todo el plan que tenía para su vida. Y encima en 2020, que fue precisamente el año en el que nadie sabía muy bien ni dónde podía ir ni cuánto tardaría en volver. Después de leer esto, me parece bastante sospechoso eso de tener la vida organizada, porque basta con que una persona coja un autobús en Hendaya para que te toque revisar los últimos cuarenta años, las heridas familiares, tus decisiones sentimentales y hasta la lista de cosas que creías tener clarísimas. Yo, por si acaso, cuando vea una estación de autobuses voy a comprobar primero si llevo el billete de vuelta y, sobre todo, si sé adónde demonios quiero ir.

Y ahora tú...

Si una ruptura, una pérdida o un cambio importante te obligara a revisar la historia que te has contado sobre tu propia vida, ¿qué parte de esa historia crees que descubrirías que ya no te representa?

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