Un año de Ikigai
Argumento
Nicholas Kemp, fundador de Ikigai Tribe, propone en Un año de ikigai una aproximación cotidiana a uno de los conceptos japoneses que más popularidad han alcanzado fuera de Japón. Pero parte de una aclaración importante, el ikigai no es exactamente aquello que las redes sociales nos han enseñado a buscar.
El famoso diagrama de cuatro círculos —lo que amas, lo que sabes hacer, aquello por lo que puedes recibir dinero y lo que el mundo necesita— ha terminado convirtiéndose en una representación casi universal del concepto. Kemp intenta alejarse de esa interpretación simplificada para recuperar una idea mucho más íntima y personal: aquello que hace que nuestra vida tenga sentido y que nos proporciona una razón para levantarnos cada mañana.
Para hacerlo, el autor estructura el libro como un acompañamiento de un año completo. 365 reflexiones, una para cada día, plantean pequeñas preguntas, ideas o sugerencias destinadas a detenernos durante unos minutos y prestar atención a aquello que normalmente queda sepultado bajo las obligaciones cotidianas.
No se trata, por tanto, de resolver el ikigai como si fuera un acertijo que tiene una respuesta definitiva. El propósito del libro es mucho más progresivo: observar, experimentar, recordar, probar y descubrir qué personas, actividades, relaciones, lugares o pequeños momentos hacen que nuestra vida se sienta verdaderamente nuestra.
Gooseopinión
Algo que agradezco especialmente de Un año de ikigai es que empieza desmontando precisamente la versión del ikigai que probablemente tenemos todos en la cabeza. Ese famoso diagrama de Venn que aparece hasta en tazas, agendas, infografías y publicaciones de Instagram ha conseguido convertir un concepto cultural complejo en una especie de fórmula para encontrar "tu propósito". Y el ikigai, tal y como lo plantea Kemp, tiene bastante menos de fórmula matemática y bastante más de experiencia personal. La propuesta parte de una idea sencilla pero importante, no necesitamos encontrar una gran misión vital que explique absolutamente todo lo que hacemos. El sentido puede estar en cosas mucho más pequeñas. Una conversación, una actividad, una persona, un proyecto, una rutina, aprender algo, cuidar de alguien, crear, pasear, cocinar, leer o simplemente tener algo que esperamos con ilusión., Esa interpretación me parece bastante más interesante que la versión empresarial del ikigai que hemos consumido durante años. Porque cuando el propósito se convierte en una combinación entre pasión, talento, utilidad y dinero, corremos el riesgo de convertir hasta nuestra propia existencia en otro proyecto que optimizar. Y precisamente de esa presión parece querer alejarnos Kemp.
La estructura de 365 reflexiones funciona bien para esa intención. No estamos ante un libro que tenga demasiado sentido leer de principio a fin en una tarde. De hecho, probablemente sería la peor manera de utilizarlo. Está concebido para detenerse un poco cada día, leer una reflexión y dejar que la pregunta siga dando vueltas. Algunas propuestas pueden provocar una reflexión más profunda; otras quizá resulten demasiado sencillas dependiendo del momento vital en el que nos encontremos. Y esa desigualdad es, al mismo tiempo, una de las características inevitables de este tipo de libros. No todas las preguntas nos van a encontrar en el mismo lugar. Una reflexión que hoy nos parece obvia puede adquirir otro significado dentro de seis meses, mientras que otra que ahora nos incomoda puede quedarse dando vueltas mucho más tiempo del esperado.
Me gusta especialmente que el libro no presente el ikigai como un destino al que llegamos después de completar correctamente una serie de pasos. La metáfora de las mariposas que utiliza el autor resulta bastante ilustrativa, no se trata tanto de atrapar algo y guardarlo en un frasco como de aprender a reconocer esos pequeños movimientos internos que nos indican que estamos conectados con nuestra propia vida. Ahora bien, aquí también está el principal límite del libro. 365 reflexiones son muchas reflexiones, y en una propuesta tan basada en pequeñas píldoras de pensamiento es inevitable que algunas ideas resulten más profundas que otras y que aparezcan conceptos conocidos dentro de la literatura de crecimiento personal: gratitud, relaciones, atención, hábitos, autenticidad, límites, propósito, presencia… Por eso no creo que sea un libro especialmente adecuado para quien busque una teoría profunda sobre el concepto japonés de ikigai o un estudio cultural sobre su origen. Su propuesta es otra. Es un libro de práctica cotidiana, casi una agenda reflexiva, y conviene acercarse a él con esa expectativa.
Me parece importante no confundir el propósito con la obligación de estar permanentemente buscando un propósito. Esa paradoja sobrevuela todo este tipo de literatura, podemos terminar tan preocupados por descubrir qué hace que nuestra vida merezca la pena que nos olvidemos de vivirla. Y precisamente por eso las mejores reflexiones del libro son las que devuelven el ikigai a lo cotidiano y no lo convierten en una gran misión que tengamos que descubrir antes de poder sentirnos satisfechos.
En ese sentido, Un año de ikigai puede funciona como pequeño ritual de pausa. No hace falta estar atravesando una crisis existencial ni planteándose cambiar de profesión para encontrarle utilidad. Puede acompañar una etapa de cambios, un proceso de reorganización personal o simplemente un año en el que queremos prestar un poco más de atención a aquello que hacemos casi en automático. La pregunta que resume mejor su propuesta es también la más sencilla: ¿qué hace que tu vida merezca la pena? No necesariamente tu trabajo. No necesariamente aquello en lo que eres bueno. No necesariamente aquello que puedes monetizar. Y desde luego no necesariamente aquello que queda bien contado en una biografía. Puede ser algo muchísimo más pequeño, como recordarnos que el sentido no siempre aparece vestido de gran revelación. A veces se parece bastante a esas pequeñas cosas que echamos de menos cuando desaparecen.
Recomendado para...
Lectores que disfrutan de los libros de reflexión cotidiana y quieren incorporar un pequeño momento de pausa a cada día sin enfrentarse a un manual demasiado denso. También para quienes se hayan sentido un poco decepcionados por la versión del ikigai convertida en diagrama de productividad y quieran acercarse a una interpretación más personal del concepto.
Si te interesa este territorio, puede resultar interesante leerlo junto a Ikigai: los secretos de Japón para una vida larga y feliz, de Héctor García y Francesc Miralles. Ambos parten del concepto de ikigai, pero Un año de ikigai apuesta mucho más por el ejercicio cotidiano y la reflexión personal, mientras que García y Miralles ofrecen una aproximación más divulgativa y narrativa a la filosofía de vida japonesa.
Quizá tu propósito no esté esperando a que lo encuentres, sino a que vuelvas a prestar atención.
El veredicto de Halford
A mí lo del propósito de vida me parece un poco exagerado. Mi propósito es bastante claro, conseguir queso, evitar gatos y encontrar un sitio donde nadie me moleste mientras como. Y, sinceramente, me va bastante bien. Este libro tiene la decencia de no decir que necesitas encontrar el gran sentido de tu existencia antes del desayuno. Habla de cosas pequeñas, y las cosas pequeñas son importantes: las migas, por ejemplo. Una buena miga puede cambiarte la tarde. No doy nota, porque yo no trabajo para una editorial.
Y ahora tú...
¿Qué pequeñas cosas de tu vida hacen que pienses: "por esto merece la pena estar aquí"?
