Cuando la realidad parece una novela de Jonas Jonasson

17.06.2026
© Caroline Andersson Renaud

El escritor sueco reflexiona con Gooseando sobre el humor, la política, la corrupción y la capacidad de seguir asombrándose en una conversación que terminó siendo mucho más que una entrevista.

Hay un momento en el que una deja de preparar una entrevista y empieza simplemente a conversar. Con Jonas Jonasson ocurrió precisamente eso. Llegué al encuentro con una lista de preguntas cuidadosamente anotadas, fruto de varios meses leyendo su obra y repasando entrevistas anteriores, pero bastaron unos minutos para que la conversación tomara vida propia y acabáramos hablando de política internacional, corrupción, filosofía cotidiana, África, maletas demasiado grandes y vecinos imposibles.

Todo empezó porque llevaba tiempo dándole vueltas a una idea. Cuanto más leía sus novelas y más observaba la actualidad, más tenía la sensación de que la realidad se había convertido en algo tan extravagante que ya parecía escrita por él. Así que decidí planteárselo directamente.

Le pregunté si alguna vez abría el periódico y tenía la impresión de que cualquiera de esas noticias podría haber salido de una de sus novelas, si escribir sátira no se había vuelto más difícil precisamente porque el propio mundo ya parecía una caricatura de sí mismo.

Jonasson sonrió antes de responder. No parecía especialmente preocupado por esa posibilidad. Al contrario, defendió que la labor del escritor nunca ha consistido en copiar la realidad, sino en encontrar un punto de vista nuevo desde el que mirarla. Si uno se limita a trasladar un hecho real a una novela, explicaba, apenas está utilizando una técnica narrativa; el verdadero trabajo consiste en descubrir el ángulo que todavía no existe.

Para ilustrarlo recurrió a uno de esos ejemplos que parecen inventados y, sin embargo, pertenecen a la historia. Habló de Irán, de la espera secular del duodécimo imán y de cómo determinados dirigentes llegaron a pensar que podían acelerar su regreso mediante decisiones políticas concretas. Mientras lo escuchaba era inevitable pensar que, de haber aparecido esa misma historia en una novela publicada décadas atrás, probablemente muchos lectores la habrían considerado excesiva o poco creíble.

Le confesé entonces que a menudo tengo la sensación de abrir el periódico y encontrar noticias tan disparatadas que ningún editor aceptaría una novela basada en ellas porque resultarían inverosímiles. La respuesta derivó casi de manera natural hacia una cuestión más amplia: si el humor sirve para comprender el mundo o simplemente para soportarlo.

Jonasson rehuyó cualquier formulación grandilocuente. En lugar de ofrecer una teoría, volvió a contar una historia. Lo hizo recordando cómo incluso las situaciones más dramáticas contienen una dimensión absurda que revela hasta qué punto el ser humano es capaz de construir relatos sobre sí mismo. No se trata de reírse del sufrimiento ni de convertir la tragedia en un chiste, sino de reconocer que nuestras contradicciones forman parte inseparable de nuestra naturaleza y que observarlas con ironía puede ser una forma extraordinariamente lúcida de acercarse a ellas.

La conversación avanzaba sin apenas darnos cuenta y terminó desembocando en uno de los pasajes más divertidos del encuentro. Jonasson recordó a un antiguo vecino de la isla sueca de Gotland que criaba una raza especial de gallinas, dirigía un circuito de karts para turistas, era cinturón negro y profesor de jujutsu, componía música clásica y había ejercido como profesor universitario en Estocolmo. Se echó a reír mientras enumeraba todas aquellas ocupaciones y concluyó que, si él hubiera creado un personaje semejante para una novela, cualquier editor le habría obligado a eliminar al menos dos o tres rasgos porque nadie los habría considerado verosímiles. Sin embargo, aquel hombre existía exactamente así.

No era la primera vez durante la conversación que aparecía esa idea: la realidad suele ser mucho más imaginativa que la ficción.

Quise preguntarle entonces si su sentido del humor había cambiado con los años, si aquello que encontraba divertido hace veinte años seguía provocándole la misma reacción. Su respuesta fue breve. No especialmente. Lo que sí había cambiado era su experiencia del mundo, especialmente después de las largas temporadas que pasó en África y que terminarían influyendo directamente en La analfabeta que era un genio de los números. Allí, explicó, descubrió hasta qué punto la corrupción cotidiana puede convertirse en una de las fuerzas más devastadoras para una sociedad. Recordó el caso de una persona obligada a pagar para acceder a la consulta de un médico, volver a pagar para ser atendida y quedarse finalmente sin dinero para recibir el tratamiento. No necesitó adornar la historia con ningún comentario adicional; el ejemplo hablaba por sí solo.

Sin embargo, hubo un aspecto de su literatura que me interesaba especialmente y que quería abordar antes de terminar. Siempre me ha llamado la atención que muchos de sus protagonistas conservan una inocencia casi infantil y una permanente capacidad para sorprenderse incluso cuando el caos se instala a su alrededor. Le pregunté si esa disposición a maravillarse ante las pequeñas cosas era una cualidad que estamos perdiendo.

La respuesta llegó acompañada de otra anécdota aparentemente insignificante. Años atrás, esperando un tren en una pequeña estación, observó a un hombre con una maleta enorme intentando entrar en un baño ridículamente pequeño. Permaneció inmóvil durante unos segundos mirando alternativamente la puerta y el equipaje, como si estuviera resolviendo un problema filosófico de extraordinaria complejidad. Jonasson se quedó contemplando la escena y comprendió que allí había una historia. Mucho tiempo después, aquella imagen acabaría transformándose en uno de los episodios de su primera novela.

Al despedirnos tuve la sensación de que quizá ese sea el verdadero secreto de Jonas Jonasson. No consiste tanto en inventar personajes extravagantes o construir argumentos imposibles como en mantener intacta una forma muy particular de mirar el mundo. Mientras muchos pasamos por alto los pequeños gestos cotidianos, él sigue observándolos con la curiosidad suficiente para convertirlos en literatura.

Por eso sus novelas resultan tan convincentes. No porque exageran la realidad, sino porque me recuerdan algo que a menudo olvidamos: que el mundo siempre ha sido mucho más extraño de lo que estamos dispuestos a admitir.

En este enlace puedes leer la reseña de su última novela publicada en nuestro país.

Goosecuestionario

P.- ¿Cuál fue el primer libro que leíste?

R.- No lo recuerdo con certeza, pero, siendo sueco, es muy probable que fuera alguna historia de Pippi Calzaslargas. Si fue así, quizá tenga que agradecerle a Astrid Lindgren más de lo que había pensado hasta ahora. Todos los antihéroes de mis novelas tienen algo del sentido de la justicia de Pippi y de su capacidad para juzgar a las personas por lo que son, y no por su título, su estatus o su fortuna.

P.- ¿Cuál fue la primera historia que escribiste?

R.- Seguramente fue una redacción de ocho o diez páginas en el instituto. Yo era un poco rebelde, al estilo de Pippi Calzaslargas: en algunas asignaturas sacaba la mejor nota y en otras la peor, dependiendo de si el profesor sabía entenderme o no.

Con quien no me entendía en absoluto era con Bengt, el profesor de lengua sueca. Así que prefería saltarme las clases y jugar a las cartas por debajo del pupitre con mi compañero antes que escuchar lo que tuviera que decir.

Un día nos mandó escribir una redacción sobre algún familiar y entregarla una semana después. A pesar de Bengt, me sentí inspirado y escribí un magnífico retrato del padre de mi abuelo materno, una curiosa mezcla entre jornalero agrícola pobre y ferviente monárquico. Además, lo mecanografié, así que no solo quedó bien escrito, sino también muy elegante.

Unos días más tarde me llamó aparte.

—Tu redacción… —empezó.

—¿Sí? ¿Le ha gustado, profesor?

—Es demasiado buena. Quiero que reconozcas que no la has escrito tú. Si no lo haces, te pondré un uno.

P- . ¿Cuál fue el primer libro que te impactó y por qué?

R.- Con poco más de veinte años leí La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Sus reflexiones sobre la ausencia de un sentido profundo en la vida me conmovieron tanto que, cuando terminé la novela, la empecé de nuevo desde la primera página.

Hoy ya no sabría explicar exactamente por qué me afectó de esa manera. Hace unos años comenté aquella experiencia con una colega escritora y me dio un consejo inmediato:

«No fue la persona que eres hoy la que se emocionó con ese libro, sino la que eras hace treinta años. Hagas lo que hagas, no vuelvas a leerlo; solo conseguirás decepcionarte».

P- . ¿Quién es tu escritor o escritora favorito?

R- ¡No, no, no! Es como preguntarme cuál es mi vino favorito. Depende de la comida, del estado de ánimo y de la compañía. Con los libros ocurre exactamente igual.

Eso sí, cuando estoy con el humor adecuado, disfruto muchísimo con el realismo mágico latinoamericano.

P.- ¿Qué personaje literario te habría gustado conocer o haber creado?

R.- Ya que hablamos de comida y vino, sería fascinante compartir un menú degustación de cinco platos con Don Quijote y Cándido. Cervantes y Voltaire también podrían venir… siempre que se portaran bien.

P.- ¿Tienes alguna manía a la hora de escribir o leer?

R.- Suelo leer en voz alta los capítulos que acabo de escribir. Si me trabo, probablemente la frase necesite ser reescrita. Si, mientras leo, empiezo a pensar en otra cosa, significa que el capítulo todavía no está lo suficientemente afilado.

Mi hijo ya es adulto, pero cuando tenía doce o trece años se quejaba de que conocía todos mis libros de memoria sin haber leído una sola línea.

P.- ¿Cuál es tu sitio y momento preferido para hacerlo?

R.- Un viaje largo en avión o en tren es el entorno perfecto para escribir. Estar camino de algún lugar mientras permanezco sentado me produce una calma muy especial.

Eso sí, la lectura en voz alta tiene que esperar a que haya llegado a destino.

P.- ¿Qué autor o libro ha influido más en tu trabajo como escritor?

R.- Creo que mi manera de escribir nace, sobre todo, de mí mismo y del interés que siempre he sentido por las personas que deciden seguir su propio camino en la vida.

Después están los miles de autores que he leído durante décadas. Un poco de unos, un poco de otros, más que la influencia concreta de una sola persona.

Quizá por eso mi forma de narrar tiene una voz tan particular: intento abordar todas las miserias y contradicciones del ser humano con una mezcla de humor y calidez, una combinación poco frecuente.

p.- . ¿Cuáles son tus géneros favoritos?

R.- Diría que la novela picaresca. Y también las buenas biografías históricas.

P.-  ¿Qué estás leyendo ahora? ¿Y qué estás escribiendo?

R.- Estoy leyendo una magnífica biografía de Voltaire que, por desgracia, solo existe en sueco.

Y no es casualidad, porque ese gigante intelectual del siglo XVIII será uno de los personajes reales que aparecerán en mi próxima novela.

No quiero revelar demasiado, pero me sigue sorprendiendo comprobar hasta qué punto continúa siendo actual doscientos cincuenta años después de su muerte.

Los seres humanos somos extraordinariamente malos aprendiendo de nuestra propia historia.

P.- . Si no fueras escritor, ¿qué serías?

R.- Si no fuera escritor, me las arreglaría para convertirme en uno.

Escribir es la vida.

P.- . ¿Qué pregunta le harías al próximo autor que se someta al Goosecuestionario?

R.- Si el género literario en el que escribes se volviera ilegal de la noche a la mañana y te vieras obligado a cambiar, ¿por cuál lo sustituirías y cómo crees que te iría?


Hay autores que responden a un cuestionario y autores que aprovechan cada respuesta para contar una historia. Jonas Jonasson pertenece, sin duda, a la segunda categoría.  

Jonas Jonasson (Växjö, Suecia, 1961) es periodista y escritor. Debutó en la narrativa con El abuelo que saltó por la ventana y se largó, un éxito internacional traducido a decenas de idiomas y adaptado posteriormente al cine. Desde entonces ha consolidado una obra marcada por el humor inteligente, la sátira política y la creación de personajes improbables que atraviesan algunos de los episodios más insólitos de la historia contemporánea. Entre sus títulos más conocidos figuran La analfabeta que era un genio de los números, El asesino que soñaba con un lugar en el paraíso, El hombre de cien años que pensaba que ya era hora de largarse y La dulce venganza S. A., novelas que han convertido su mirada irónica sobre el ser humano en una de las voces más reconocibles de la literatura europea actual.  El aguardiente bendito de Algot y Anna Stina es su última novela publicada en España a través de la editorial Salamandra.

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