Te di la mano. Encuentro con Núria Pérez

20.09.2026

Nuria Pérez, de la mano del lector: una conversación alrededor de Te di la mano

20/09/2026 - Hemos tenido la oportunidad de conversar con Nuria Pérez con motivo de la presentación de Te di la mano, su segunda novela, publicada por Salamandra. El encuentro, organizado por la editorial de la mano de Claudia Cucchiarato, tuvo lugar en el nuevo espacio de Revista Late y acabó convirtiéndose en una conversación mucho más amplia que la presentación de un libro, hablamos del origen de la novela, de tres años de investigación, de literatura, periodismo, consumo, tecnología, las historias que permanecen fuera de los grandes relatos y, sobre todo, de la necesidad de mirar de frente aquello que normalmente sentimos demasiado lejos.

A veces voy a encuentros que están planteados alrededor de un libro y otras a encuentros en los que el libro termina siendo una puerta de entrada a muchas otras conversaciones. El de ayer con Nuria Pérez fue claramente de los segundos.

La cita era en el nuevo espacio de LATE (@revistalate) que acaba de trasladarse y que todavía está terminando de tomar forma. La revista, vinculada a una red de periodistas latinoamericanas que trabajan entre Europa y América Latina, apuesta por un periodismo reposado y por generar conexiones entre realidades que con frecuencia se cuentan desde lugares distintos. El nuevo espacio quiere llevar esa filosofía también al terreno presencial, con fotografía, exposiciones temporales, lecturas, conversaciones y presentaciones, además de una zona más informal en la que seguir hablando cuando el acto termina.


Y existía una conexión especialmente interesante entre ese contexto y la novela que íbamos a presentar (Núria Pérez nunca da puntada sin hilo, esto hay que tenerlo en cuenta siempre). Uno de los trabajos actuales de Revista Late gira precisamente alrededor del extractivismo y de la relación entre las empresas europeas que extraen recursos de América Latina y las comunidades que soportan sus consecuencias. Te di la mano nace también de una investigación sobre extracción, consumo y las vidas que quedan al otro lado de una cadena de producción que nosotros solemos contemplar únicamente cuando el producto ya ha llegado a nuestras manos.

La novela acaba de publicarse y, aunque Nuria viene de No tocarás, su primera novela (que no el primer libro que escribe), desde el principio estaba claro que este segundo libro había nacido de un impulso diferente.

No tocarás ha supuesto para ella un reto personal, el desafío de escribir una primera novela en español y comprobar hasta dónde podía llevar una voz que hasta entonces se ha desarrollado en otros ámbitos. Te di la mano nace, en cambio, de una realidad que se cruzó en su camino y que terminó planteándole una pregunta que ya no pudo dejar de lado.

Quise empezar precisamente por ahí, por el momento en que aparece una historia.


Nuria nos contó que una noche estaba quedándose dormida mientras veía YouTube y que, en uno de esos mecanismos de reproducción automática que hacen que un vídeo lleve a otro sin que sepamos muy bien por qué seguimos mirando, apareció un breve documental sobre un niño de cuatro años que trabajaba en una mina relacionada con la extracción de minerales utilizados, entre otras cosas, en las baterías y dispositivos electrónicos que forman parte de nuestra vida cotidiana.

Aquella imagen se quedó con ella.

Al día siguiente comenzó a investigar y la investigación fue creciendo hasta convertirse en algo mucho más complejo que la impresión inicial. Entre las lecturas que marcaron aquel proceso estuvo Cobalto rojo, de Siddharth Kara, y a partir de ahí fue entrando en el mundo de la minería, el extractivismo y las comunidades afectadas por estas actividades en distintos lugares de África y América Latina. A esa documentación se añadió una imagen procedente de su propia experiencia profesional en publicidad y, en algún momento, ambas cosas terminaron encajando.

La imagen que había visto. La realidad que estaba descubriendo. La historia que todavía no sabía cómo contar.

Aquello terminó convirtiéndose en el germen que presentó a su editorial durante una comida y, desde ahí, empezó un proceso de escritura que duraría tres años.

Me interesaba especialmente detenerme en ese tiempo porque tres años de trabajo no significan solamente tres años sentada delante de un ordenador. En el caso de esta novela hubo una investigación muy extensa, conversaciones, lecturas, contactos y una necesidad constante de comprobar hasta dónde podía llegar sin apropiarse de una realidad que no era la suya. Nuria habló de periodistas que trabajan sobre el terreno, de personas vinculadas a la cooperación y de la red de contactos que le permitió acercarse a testimonios y materiales que, de otro modo, habría sido mucho más difícil conocer.

Hubo también momentos en los que necesitó aislarse por completo para escribir. Durante una etapa se instaló en un lugar en el que podía trabajar sin distracciones y llenó las paredes de mapas del Congo para permanecer físicamente cerca del universo que estaba construyendo. Una persona llegó incluso a abrirle las puertas de su casa durante un verano para que pudiera concentrarse en el proyecto. Y en este punto apareció una de las cuestiones que más me interesaba plantearle, desde que terminé la lectura del libro;  qué responsabilidad tiene un escritor cuando decide convertir en literatura una realidad marcada por el dolor, la pobreza o la explotación.

Nuria no habló desde la posición de quien cree haber encontrado una solución definitiva, sino desde algo bastante más incómodo, la conciencia de que investigar también significa aceptar todo aquello que uno no sabe. El acceso actual a periodistas, fotografías, investigaciones y testimonios permite acercarse a lugares que hace unas décadas habrían resultado prácticamente inaccesibles para una escritora trabajando desde Madrid, pero esa facilidad para obtener información no elimina la distancia entre quien cuenta y quien vive la realidad contada.

También por eso rechaza la idea de convertir la novela en un ejercicio de culpabilidad individual. Hablamos de consumo, de teléfonos, de marcas y de la facilidad con la que podemos pensar que hemos resuelto un problema simplemente dejando de comprar determinado producto. Pero las estructuras que permiten que determinadas formas de explotación existan son mucho más grandes que nuestras decisiones individuales, y Nuria no quería colocar al lector delante de un listado de conductas correctas e incorrectas. Ella misma utiliza un teléfono y necesita utilizarlo para trabajar y comunicarse. La cuestión está en otra parte, en saber qué hay detrás de aquello que consumimos y en ser capaces de mirar las conexiones que normalmente permanecen invisibles.

La investigación, de hecho, también modificó su propia relación con los objetos. Ya tenía hábitos de consumo bastante conscientes, pero después de estos tres años ha acentuado esa tendencia. Habló de haber mantenido durante años su teléfono y haberlo cambiado únicamente cuando dejó de servirle para cuestiones básicas, y de una forma de consumir en la que intenta comprar menos y aprovechar más. El entorno que la rodea está lleno de objetos vintage y de segunda mano, y aquello que inicialmente podía parecer una cuestión estética adquiere otra dimensión cuando se conoce todo el proceso que hay detrás de la novela.

A partir de ahí quise llevar la conversación a una cuestión que me parecía fundamental: en qué momento el lector deja de sentir que está leyendo sobre el Congo y empieza a comprender que, de una manera u otra, está leyendo también sobre sí mismo. La respuesta de Nuria partió de una idea que está muy presente en su forma de entender la literatura, no cree demasiado en las distancias tal y como nosotros las construimos. Podemos estar separados por miles de kilómetros y vivir en circunstancias completamente diferentes, pero seguimos compartiendo emociones reconocibles. Lo mismo sucede con el tiempo. Una persona que vivió hace doscientos años puede experimentar miedo, pérdida, amor o deseo de una manera que no nos resulta extraña.

La distancia existe, pero no siempre explica la distancia humana.

Y esa idea atraviesa la novela sin necesidad de convertirse en una explicación permanente para el lector. Nuria habla de la diferencia entre conocer una idea y haberla interiorizado. Cuando algo forma parte de tu manera de mirar, deja de ser una tesis que necesitas demostrar y empieza a aparecer de manera natural en la escritura, como un bailarín que ya no tiene que pensar en cada movimiento porque ha aprendido la música. Por eso también me interesaba preguntarle por el título. Te di la mano apareció muy pronto, algo que contrasta con No tocarás, cuyo título llegó mucho más tarde. Y aunque existe un elemento concreto de la novela relacionado con esa expresión que no voy a desvelar aquí, el título tiene además otra lectura que me parece especialmente significativa para entender cómo Nuria ha construido la relación con el lector. La mano acompaña. La novela quiere llevarte hacia una realidad que inicialmente puede resultarte lejana, pero no quiere abandonarte allí. Hay una voz que guía, que cambia de registro, que sabe cuándo tiene que explicar y cuándo debe apartarse para dejar espacio al lector.

Esta cuestión nos llevó también a hablar de su experiencia con Gabinete de curiosidades. En un podcast, el oyente puede estar conduciendo, cocinando, trabajando o mirando el móvil mientras escucha, y la voz tiene que encontrar la manera de recuperar su atención sin tratarlo como si fuera incapaz de concentrarse. Nuria trasladó parte de esa experiencia a la novela porque también considera que el lector contemporáneo llega al libro después de pasar el día entero rodeado de estímulos. Pero nos encontramos ante una diferencia importante, ella no quería utilizar recursos para «secuestrar» la atención del lector cada pocos minutos. No quería convertir la novela en una sucesión de trucos destinados a impedir que alguien se distraiga. Quería acompañarlo hacia un mundo que está muy lejos de su rutina y confiar en que aceptaría permanecer allí.

La comparación con El perfume, de Patrick Süskind, apareció precisamente al hablar de esa relación entre narrador y lector, de esa voz capaz de pedirle que imagine un lugar, una época o una determinada percepción. Y Nuria reconoció que la experiencia del podcast le había ayudado a comprender el poder de esa voz que acompaña. Pero acompañar no significa pensar por el lector.

Esta fue otra de las cuestiones que atravesaron la conversación. Te di la mano no ofrece una absolución sencilla ni una conclusión que diga exactamente qué debemos pensar después de leerla. Nuria confía en la inteligencia de quien está al otro lado. Es algo que aprendió también en publicidad. Muchas veces quien recibe un mensaje tiene mucha más capacidad para interpretarlo de la que el creador presupone. Por eso no quería escribir una novela que dijera "esta es la conclusión correcta" Prefiere dejar las piezas sobre la mesa. Y permitir que cada lector decida qué hacer con ellas.

Para comprobar que no estaba cayendo en un exceso de discurso, Nuria utiliza incluso una imagen muy particular, la de una cena con cuatro cuñados cuyos valores no coinciden necesariamente con los suyos. Se imaginaba qué conversación podría mantenerse durante cuatro o cinco minutos en esa mesa y qué ideas quedarían fuera porque no tendrían cabida en la propia historia. El ejercicio le servía para preguntarse si estaba escribiendo una novela que realmente quería escribir o si, en algún momento, estaba intentando hacerla demasiado «vendible» o demasiado cómoda. Ese control es especialmente importante cuando se trabaja con asuntos sobre los que el autor tiene una posición personal muy definida. Y aquí volvemos a entrar en una de las cuestiones que más me interesan de Te di la mano: la ausencia de una frontera clara entre quienes están dentro del problema y quienes observamos desde fuera.

Nuria fue muy clara con una idea: no existe un «ellos» y un «nosotros» tan sencillo como nos empeñamos en construir. Hoy puede ser el Congo, mañana puede ser Ucrania, otro día puede ser Ceuta. El escenario cambia, pero la forma de mirar puede y debe mantenerse. Lo que le interesa con la novela es generar una conversación sobre esa tendencia cada vez más fuerte a dividir el mundo entre grupos, entre quienes consideramos próximos y quienes convertimos en una categoría diferente.  Y ahí la literatura tiene una posibilidad que no siempre tienen otros discursos: puede introducirnos en una vida concreta antes de pedirnos que pensemos sobre el problema general. Una madre, un niño, una persona que intenta sobrevivir, una historia pequeña dentro de una cuestión enorme...

Nuria habló precisamente de su interés por los grandes temas vistos desde perspectivas pequeñas, desde lugares periféricos que normalmente quedan fuera del centro del relato. También planteó una pregunta que está detrás de buena parte de su trabajo, quién ha decidido históricamente qué historias merecían ser contadas y cuáles podían desaparecer. No es una cuestión nueva, evidentemente, pero sigue siendo una cuestión necesaria, porque cada vez que alguien cuenta una historia está eligiendo también desde dónde contarla. Y durante la conversación llevamos esa idea a otro terreno; qué significa escribir sobre personas cuyas vidas han quedado fuera de los relatos dominantes y qué ocurre cuando una autora decide colocar esas vidas en el centro. Nuria habló de una cita relacionada con Hamilton que aparece vinculada al comienzo de la novela y que plantea precisamente esa cuestión de quién decide cómo conocemos la vida de otra persona. Para ella, esa mirada hacia lo invisible es una de las razones por las que sigue escribiendo. Le interesa encontrar ese pequeño jardín narrativo que todavía no ha sido explorado desde su perspectiva y utilizarlo para generar empatía sin convertir la historia en una lección.

De ahí también nace su interés por que el libro pueda viajar.

Cuando se le preguntó por la posibilidad de una traducción internacional, no respondió únicamente desde el deseo lógico de que una novela llegue a más lectores. Le atraía especialmente la idea de que pudiera leerse en lugares que están situados en posiciones muy diferentes respecto a los temas que aparecen en el libro. Estados Unidos y China le parecen especialmente interesantes, y en el caso de China precisamente por el papel que desempeña actualmente en el escenario internacional.

Hay algo estimulante en imaginar qué hará un lector de otro país con una historia que nació aquí y que, sin embargo, habla de una cadena global. También hablamos de edad y de lectores. Con No tocarás, Nuria tenía bastante claro a quién imaginaba leyendo. En Te di la mano no ha querido trabajar con un lector tan concreto. Cree que puede leerla alguien de quince años y también alguien de ochenta y cinco porque la conversación que propone no pertenece a una generación determinada. Le interesa especialmente cuando la cultura consigue entrar en las conversaciones familiares. Cuando un adolescente puede hablar con sus padres de algo que han escuchado juntos en un podcast. Cuando una familia se queda dentro del coche porque todavía no ha terminado un episodio y después continúa hablando en casa. Cuando un libro deja de ser únicamente un objeto individual y se convierte en una excusa para conversar. Esa es una de las cosas que más le interesan de la literatura, lo que ocurre después de cerrar el libro.

Nos contó que muchas personas le han escrito a raíz de Gabinete de curiosidades desde lugares muy diferentes y que algunas historias habían conectado con situaciones de sus propias vidas que ella jamás habría imaginado. Esa experiencia le ha demostrado que nunca se sabe realmente hasta dónde puede llegar una historia. Una idea pasa de una persona a otra. Una conversación genera otra conversación. Y una influencia que parecía pequeña puede terminar teniendo consecuencias que el autor jamás conocerá.

En ese sentido, ella prefiere hablar de cambiar la vida de una persona antes que de cambiar el mundo. No hace falta imaginar una transformación gigantesca. Puede bastar con acompañar a alguien, ofrecerle una pregunta, abrir una conversación o hacer que mire de otra manera algo que llevaba mucho tiempo delante. Es una escala de influencia mucho más pequeña y, al mismo tiempo, bastante más real.

La cuestión de la atención apareció también en nuestra charla. Vivimos en un momento en el que las plataformas necesitan nuestra presencia constante y en el que nosotros mismos nos hemos convertido, en buena medida, en parte del producto que consumen esos sistemas. El problema no es únicamente cuánto tiempo pasamos mirando una pantalla, sino todo aquello que dejamos de percibir mientras estamos pendientes de ella. Tal vez por eso la curiosidad resulta tan importante en el trabajo de Nuria. Su propia novela nació de haber prestado atención a un vídeo que podía haber desaparecido inmediatamente entre otros cientos. Después vinieron las preguntas. Después, los libros. Después, los periodistas. Después, los tres años de trabajo. Y después, la novela.

La escritura de Te di la mano no fue lineal. Nuria contó que hubo momentos de aislamiento absoluto y otros en los que necesitó apoyarse en las personas que había ido encontrando durante la investigación. También habló de todo el material que conserva alrededor de sus proyectos: carpetas, páginas impresas, documentos, ideas y posibles historias que se van acumulando hasta el punto de que sus amigos bromean con la necesidad de disponer de un sótano para guardarlo todo.

Quienes trabajan con ella en el podcast conocen bien esa situación. Hay muchas más historias posibles que programas disponibles y Nuria tiene que decidir constantemente cuáles merecen convertirse en contenido y cuáles deben esperar. Algunas, directamente, se quedan para los libros. Es el caso de una de las partes más difíciles de Te di la mano, relacionada con una experiencia familiar que la autora había vivido personalmente y que necesitaba encontrar su lugar dentro de la novela. Durante el encuentro prefirió no desarrollarla porque, en este caso, la historia pertenecía al libro y no a la presentación. Y me parece significativo que esa decisión apareciera precisamente en una conversación en la que habíamos hablado tanto de compartir, contar y transmitir.

No todo tiene que convertirse inmediatamente en contenido, también existe el derecho a guardar algo hasta que llegue el momento y el lugar adecuado para contarlo.

La propia relación de Nuria con el papel participa de esa idea. Tiene un espacio en Madrid donde escribe a mano y defiende la permanencia del libro físico frente a una cultura cada vez más dependiente de dispositivos y plataformas. Los teléfonos se pierden, las cuentas desaparecen, las fotografías digitales pueden quedar atrapadas en servicios que dejan de existir, pero un libro puede permanecer en una estantería durante décadas y llegar a manos de alguien que todavía no conocemos.

Para una escritora interesada en las voces que sobreviven al tiempo, no deja de ser una .idea bastante coherente. También lo es su relación con las generaciones más jóvenes, porque considera que estamos asistiendo a una recuperación de lo analógico después de años en los que parecía que todo lo físico iba a desaparecer. El libro vuelve a ser objeto, pero también espacio de conversación, memoria y transmisión

Durante la conversación hablamos incluso de la suerte.

Uno de los personajes aprende a leer porque alguien le lee, y esa circunstancia permite preguntarse cuánto de lo que conseguimos en la vida depende de las oportunidades que aparecen delante de nosotros y cuánto depende de nuestra capacidad para reconocerlas y aprovecharlas. Nuria no lo planteó como una oposición sencilla entre suerte y esfuerzo. Hay personas que reciben oportunidades y no las utilizan, y otras que tienen muy pocas y consiguen sacar adelante algo extraordinario. La oportunidad puede aparecer, pero hay que estar mirando.

Y esta  es  una de las ideas que mejor conecta todas las piezas de la conversación: mirar. Mirar el vídeo que aparece una noche en YouTube. Mirar una realidad que está a miles de kilómetros. Mirar aquello que consumimos. Mirar las historias que han quedado fuera. Mirar al lector como alguien capaz de pensar por sí mismo. Mirar incluso nuestra propia vida con la suficiente distancia como para descubrir que algunas de las cosas que considerábamos ajenas tienen mucho más que ver con nosotros de lo que creíamos.

La presentación de Te di la mano terminó siendo, por eso, bastante más que una presentación de Te di la mano. El libro estaba en el centro, por supuesto, y la conversación partía de él, pero las preguntas fueron abriendo puertas hacia lugares que tenían que ver tanto con la novela como con la manera en que Nuria entiende su oficio y con algunas de las preguntas que, desde Gooseando, también me interesaba poner sobre la mesa.

Para mí, esa es precisamente una de las cosas que hacen que una presentación literaria merezca la pena; que el libro no se limite a ser explicado, sino que sea capaz de generar una conversación que continúe después de que el micrófono se apague.

Ayer, en el nuevo Espacio Revista Late, empezamos hablando de un niño que aparecía en un vídeo de YouTube y terminamos hablando de literatura, consumo, periodismo, memoria, tecnología, educación, adolescencia, responsabilidad y de todas esas fronteras que construimos para sentir que determinados problemas están suficientemente lejos como para no tener que mirarlos demasiado.

Y mientras conversábamos, Te di la mano estaba allí, sobre la mesa, como punto de partida.

El resto —lo que cada lector haga con la historia, con sus preguntas y con las incomodidades que pueda provocar— ya pertenece a otro momento.

Al momento de leerla.

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